No tuve, por consiguiente, más remedio que encasquetarme, en tres ó cuatro días de trabajo febril, los amenos cuadros analíticos del Dr. Ríos y los briosos y entusiastas alegatos vitalistas del Dr. Santero. Gran suerte fué salir del apretado lance sin más consecuencias que una horrible cefalalgia y cierta aversión enconada á la mal llamada libertad de enseñanza; merced á la cual se da con frecuencia el caso —hoy como entonces— de que el alumno libre, fiado en la solemnidad del programa oficial, ignore la materia explicada por el catedrático, y de que éste prescinda, á veces, con admirable desenvoltura, de la ciencia que, reglamentariamente, viene obligado á explicar.
Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el Dr. Maestre de San Juan y sus ayudantes (el Dr. López García entre otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso por otra parte de aprender lo mejor posible la Anatomía general, complemento indispensable de la descriptiva, resolví, á mi regreso á Zaragoza, crearme un Laboratorio micrográfico. Contando con la bondad inagotable de D. Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología; pero ni había visto una célula, ni era capaz de efectuar el más sencillo análisis micrográfico. Y fué lo peor que, á la sazón, no había en Zaragoza persona capaz de orientarme en los dominios de lo infinitamente pequeño. Además, la Facultad de Medicina, de que era yo ayudante y auxiliar, andaba muy escasa de medios prácticos. Sólo en el Laboratorio de Fisiología existía un microscopio bastante bueno. Con este viejo instrumento amplificante, y gracias á la buena amistad con que me distinguía el doctor Borao[1], por entonces ayudante de Fisiología, admiré por primera vez el sorprendente espectáculo de la circulación de la sangre. De tan sugestiva demostración he hablado ya en otro lugar[2]. Aquí expresaré tan sólo que ella contribuyó sobremanera á desarrollar en mí la afición á los estudios micrográficos.
Escogido un desván como obrador de mis ensayos prácticos, y reunidos algunos reactivos, sólo me faltaba un buen modelo de microscopio. Las menguadas reliquias de mis alcances de Cuba no daban para tanto. Por fortuna, durante mi última gira á la Corte, me enteré de que en la calle del León, núm. 25, principal (¡no lo he olvidado todavía!) habitaba cierto almacenista de instrumentos médicos, D. Francisco Chenel, quien proporcionaba, á plazos, excelentes microscopios de Nachet y Verick, marcas francesas entonces muy en boga. Entablé, pues, correspondencia con dicho comerciante y ajustamos las condiciones: consistían en abonarle en cuatro plazos 140 duros, importe de un buen modelo Verick, con todos sus accesorios. La amplificación de las lentes (entre ellas figuraba un objetivo de inmersión al agua) pasaba de 800 veces. Poco después me proporcioné, de la misma casa, un microtomo de Ranvier, una tournette ó rueda giratoria y otros muchos útiles de micrografía. Á todo subvinieron mi paga modesta de auxiliar y las flacas ganancias proporcionadas por los repasos de Anatomía; pero las bases financieras del Laboratorio y Biblioteca fueron mis economías de Cuba. Véase cómo las enfermedades adquiridas en la gran Antilla resultaron á la postre provechosas. Por seguro tengo que, sin ellas, no habría ahorrado un céntimo durante mi estancia en Ultramar, ni contado, por consiguiente, para mi educación científica con los recursos indispensables.
Menester era, además, adquirir libros y Revistas micrográficos. Escaso andaba de los primeros, á causa de no traducir el alemán, idioma en que corrían impresos los mejores Tratados de Anatomía é Histología. Solamente en versiones francesas conseguí leer la Anatomía general, de Henle, y el Tratado clásico de Histología é Histoquimia, de Frey. El Van Kempen y el Robin, excelentes libros franceses, sirviéronme igualmente de guías. Para los trabajos prácticos pude consultar el Microscopio en Medicina, de Beale, su Protoplasma y vida y el conocido Manual técnico, de Latteux. En cuanto á Revistas científicas, la escasez de mi peculio me obligó á circunscribirme al abono de unos Archivos ingleses (The Quarterly microscopical Science) y á una Revista mensual francesa, dirigida por E. Pelletan (Journal de micrographie). De obras españolas disponía de la del Dr. Maestre de San Juan, muy copiosa en datos, aunque de lectura un tanto difícil.
Como se ve por lo expuesto, empecé á trabajar en la soledad, sin maestros, y con no muy sobrados medios; mas á todo suplía mi ingenuo entusiasmo y decidida vocación. Lo esencial para mí era modelar mi cerebro, reorganizarlo con vistas á la especialización, adaptarlo, en fin, rigurosamente á las tareas analíticas del Laboratorio.
Claro es que, durante la luna de miel del microscopio, no hacía sino curiosear sin método y desflorar asuntos. Se me ofrecía un campo maravilloso de exploraciones, lleno de gratísimas sorpresas. Con este espíritu de expectador embobado, examiné los glóbulos de la sangre, las células epiteliales, los corpúsculos musculares, los nerviosos, etc., deteniéndome acá y allá para dibujar ó fotografiar las escenas más cautivadoras de la vida de los infinitamente pequeños.
Dada la facilidad de las demostraciones, sorprendíame sobremanera la ausencia casi absoluta de curiosidad objetiva de nuestros Profesores, los cuales se pasaban el tiempo hablándonos prolijamente de células sanas y enfermas, sin hacer el menor esfuerzo por conocer de vista á esos transcendentales y misteriosos protagonistas de la vida y del dolor. ¡Qué digo!... ¡Muchos, quizás la mayoría de los Profesores de aquellos tiempos menospreciaban el microscopio, juzgándolo hasta perjudicial para el progreso de la Biología!... Á juicio de nuestros misoneistas del magisterio, las maravillosas descripciones de células y de parásitos invisibles constituían pura fantasía. Recuerdo que, por aquella época, cierto catedrático de Madrid, que jamás quiso asomarse al ocular de un instrumento amplificante, calificaba de Anatomía celestial á la Anatomía microscópica. La frase, que hizo fortuna, retrata bien el estado de espíritu de aquella generación de Profesores.
Sin duda, contábanse honrosas excepciones. De cualquier modo, importa notar que, aun los escasos maestros cultivadores del instrumento de Jansen y creyentes en sus revelaciones, carecían de esa fe robusta y de esa inquietud intelectual que inducen á comprobar personal y diligentemente las descripciones de los sabios. Acaso diputaban la técnica histológica cual disciplina dificilísima. De semejante dejadez y falta de entusiasmo hacia estudios que han revolucionado después la ciencia y descubierto horizontes inmensos á la fisiología y la patología, da también testimonio un curioso relato de A. Kölliker[3], célebre histólogo alemán que visitó Madrid allá por el año de 1849.
Comenzaba, según decía, á deletrear con delectación el admirable libro de la organización íntima y microscópica del cuerpo humano, cuando se anunció en la Gaceta la vacante de las cátedras de Anatomía descriptiva y general de Granada y Zaragoza. Contrarióme la noticia, porque distaba mucho de estar preparado para tomar parte en el arduo torneo de la oposición. Según dejo apuntado en párrafos anteriores, antes de entrar en liza, hubiera deseado presenciar este linaje de contiendas, conocer los gustos del público y de los jueces, adquirir, en suma, la norma con que se aprecian los valores positivos cotizables en el mercado universitario. Pero el autor de mis días, que, como todo padre, se hacía hartas ilusiones acerca de los méritos y capacidades de su hijo, mostrose implacable. No hubo, pues, más remedio que obedecerle. Y así, desesperanzado, y haciendo, como suele decirse, de tripas corazón, concurrí á aquellas oposiciones, en las cuales, para dos plazas, lucharon encarnizadamente nueve ó diez opositores, algunos verdaderamente brillantes.
Durante los ejercicios, mis fundados recelos quedaron plenamente confirmados. Pusieron aquéllos de manifiesto, según yo presumía, que en la Anatomía descriptiva clásica y prácticas de disección rayaba yo tan alto como el que más. Pero la imparcialidad me obliga á reconocer que, bajo ciertos respectos, mostré también deplorables deficiencias: ignorancia de algunos conceptos biológicos de alcance filosófico; desdén hacia reglas interpretativas sacadas de la anatomía comparada, la ontogenia ó la filogenia; desconocimiento de ciertas minucias y perfiles de técnica histológica puestos en moda por el Dr. Maestre de San Juan; en fin, desvío hacia todas esas especulaciones de carácter ornamental, preciadas flores de pensamiento que ennoblecen las áridas cuestiones anatómicas y elevan y amenizan la discusión.