Pero no fué esto sólo. En aquella ocasión revelé, además, lagunas de educación intelectual y social no sospechadas por mi padre. Perjudicóme, en efecto, sobremanera, mi ignorancia de las formas de la cortesía al uso en los torneos académicos; me deslució una emotividad exagerada, achacable sin duda á mi nativa timidez, pero sobre todo á la falta de costumbre de hablar ante públicos selectos y exigentes; hízome, en fin, fracasar la llaneza y sencillez del estilo y hasta, á lo que yo pienso, la única de mis buenas cualidades: la total ausencia de pedantismo y solemnidad expositiva. Entre aquellos jóvenes almibarados, educados en el retoricismo clásico de nuestros Ateneos, mi ingenuidad de pensamiento y de expresión sonaba á rusticidad y bajeza. En mi candor de doctrino, asombrábame el garbo y la gallardía con que algunos opositores de la clase de facundos hacían excursiones de placer por el dilatado campo del evolucionismo ó del vitalismo, ó, cambiando de registro, proclamaban, sin venir á cuento y llenos de evangélica unción, la existencia de Dios y del alma, con ocasión de referir la forma del calcáneo ó del apéndice ileocecal. Á la verdad, ni entonces ni después fuí bastante refinado para cultivar tan transparentes habilidades, ni para exornar mi pobre ciencia con filigranas y colorines, reñidos, á mi ver, con la austeridad y el decoro de la cátedra.

Pero, volviendo á mi derrota, añado que sólo en dos cosas atraje un tanto la curiosidad del público y del Jurado: por mis dibujos de color en la pizarra el día de la lección, y por los copiosos detalles con que adorné las pocas preguntas de anatomía descriptiva que me tocaron en el primer ejercicio (la mayoría de los temas se referían á técnica histológica y á cuestiones generales, en que yo flojeaba). En cuanto al ejercicio práctico, en que tantas esperanzas cifrara el autor de mis días, constituyó, como de costumbre, pura comedia. Escogióse al efecto una disección llanísima: la preparación de algunos ligamentos articulares. De esta suerte todos quedamos igualados.

En mi fracaso, que sentía sobre todo por el disgusto y decepción que iba á ocasionar á mi progenitor y maestro, me consoló algo el saber que se me adjudicó un voto para una de las cátedras, y que este voto lo debí á un profesor tan sabio, recto y concienzudo como el Dr. Martínez y Molina, con razón llamado la perla de San Carlos[4].

Transcurrido más de un año (1879), se anunció á oposición la vacante de la cátedra de Granada. Conocedor de mis defectos, había procurado corregirlos en la medida de lo posible. Perfeccionéme en la técnica histológica, sirviéndome de guía el admirable libro titulado Manuel technique d’histologie[5], escrito por Ranvier, ilustre Profesor del Colegio de Francia; aprendí á traducir el alemán científico; adquirí y estudié á conciencia diversas obras tudescas de Anatomía descriptiva, general y comparada; me impuse en las modernas teorías tocantes á la evolución, de que por entonces eran porta-estandartes ilustres Darwin, Häckel y Huxley; amplié bastante mis noticias embriológicas; adornéme, en fin, con algunos de aquellos primores especulativos que, según pude ver, seducían, acaso más de la cuenta, á públicos y tribunales. Por primera vez, en mi vida, decidí, pues, ser algo hábil y ofrendar sacrificios á las gracias.

Tranquilo y esperanzado estaba, dando los últimos toques á mi intensiva preparación anatómica, cuando cierto día me detiene un amigo, espetándome á quemarropa:

—Voy á darte un consejo. No te presentes en las próximas oposiciones á la cátedra de Granada.

—¿Por qué?

—Porque no te toca todavía: déjalo para más adelante y todo saldrá como una seda.

—Pero...

—Advierte, criatura, que el tribunal de oposiciones que acaba de nombrarse ha sido forjado expresamente para hacer catedrático á M., por cuyos talentos ciertos señores de Madrid sienten gran admiración.