Con pena abandoné el trato de camaradas que evocaban en mi memoria trances de guerra y juveniles aventuras transatlánticas, y busqué otra tertulia donde esparcir el ánimo y vivificar las ociosas barbecheras cerebrales.

Creo que fué San Martín quien me presentó á la peña del Café Suizo, reunión de rancio y glorioso abolengo, pues en ella habían figurado políticos, literatos y hasta financieros insignes.

Aunque desde el aspecto político y literario la citada peña había venido á menos, gozaba todavía por aquel tiempo de justificado renombre. De allí salieron, según es notorio, Senadores universitarios, Catedráticos, Rectores, Consejeros y hasta Ministros... Tan famosas y comentadas llegaron á ser las discusiones de la peña, que ocurrió á menudo, y con grave riesgo de indiscreción, el hecho de formarse, en las inmediatas mesas, tertulias parásitas, ó de oyentes, las cuales, por el módico precio del café, adquirían el derecho de conocer nuestras ideas y murmurar á mansalva.

Entre los comensales, dominaban naturalmente los galenos, á la cabeza de los cuales figuraba D. Alejandro; mas colaboraban también abogados, propietarios, catedráticos de Universidad y, en fin, personas de toda laya y condición. Todo el mundo era admitido con tal de ser presentado por un socio formal, y á condición de someterse á las tres normas siguientes: 1.ª, guardar al discutir el debido respeto á las personas; 2.ª, discurrir de lo que no se entiende ó se entiende poco (tratábase de evitar las latas pedantes y académicas), y 3.ª, olvidar á la salida todos los desatinos é incoherencias provocados por el estímulo del café ó por los horrores de la digestión. Porque importa notar que nuestra reunión se celebraba en las primeras horas de la tarde, y pocas veces duraba más de una. De esta suerte, al levantarse la sesión, los cerebros hallábanse caldeados, pero ágiles todavía para la cotidiana labor. Bueno es divagar algo todos los días; fuera, empero, peligroso prolongar el diástole de la mente á expensas del sístole del trabajo.

Á propósito de la citada regla «de olvidar á la salida las conversaciones de la tertulia», solía advertirnos San Martín, siempre circunspecto y meticuloso en sus opiniones: «Conste, señores, que no respondo fuera de aquí de los disparates y tonterías que ustedes me hayan obligado á decir.» Que tan prudente consejo fué rigurosamente observado, lo persuade el hecho de que durante más de veinte años de casi diarias controversias, algunas harto acaloradas, jamás tuvimos un disgusto.

Con pena recuerdo ahora las renovaciones que el tiempo y la muerte impusieron á nuestra querida peña del Suizo. Estas tertulias son cuerpos vivos con juventud, madurez y decadencia; y, á semejanza de todo organismo, se nutren, crecen, asimilan y desasimilan. Nuevas células se incorporan á la colmena, mientras que otras ¡ay! perecen ó se extravían... ¡Y los muertos son ya legión!...

Á guisa de homenaje á los simpáticos compañeros desaparecidos, con quienes durante tantos años comulgamos diariamente «en espíritu y en verdad», desearía yo estampar aquí sus nombres, con los títulos éticos é intelectuales que les granjearon afecto y estima perdurables.

Pero fueron tantos, que, dada mi mala memoria, resulta imposible enumerarlos todos. Citaré, sin embargo, á los más asiduos y constantes: á Félix Rubio, abogado y propietario, dotado de excelente criterio, «caballero sin tacha y sin miedo», que debió haber sido militar, y que, no obstante su devoción por Silvela y sus ideas enérgicamente conservadoras, renunció á toda aspiración política, asqueado por la corrupción del sufragio y los desórdenes de la administración; al veterano Alderete, prototipo del castizo miliciano nacional, algo farolero y candoroso, pero de tan buenos sentimientos, que había salvado en diversos siniestros urbanos y ferroviarios á numerosas personas, mereciendo varias cruces de Beneficencia, que ostentaba arrogante en las procesiones cívicas del Dos de Mayo; á F. Aner, farmacéutico injertado en burócrata, espíritu rectilíneo, irreductible y apasionado en las polémicas, fervoroso de Proudhon y de Marx, tan austero que, habiendo podido ser rico, vivió y murió pobre[115], y tan optimista que, para él, la humanidad formaba un coro de ángeles, convertidos en demonios á causa de la nefasta intervención de reyes, magistrados y sacerdotes; al doctor Carlos de Vicente, carlista librepensador, algo misántropo, agudísimo y ocurrente, y que, educado en París, lucía un esprit français de la más fina especie; al Dr. López Silva, médico y naturalista notable, llamado por antonomasia «la gran persona ó la persona» á causa de su bondad angelical, el cual tenía la costumbre de retratar á todas las gentes de que se hablaba, caracterizándolas con rasgos típicos tomados de la Zoología; al sabio profesor de Literatura don A. Sánchez Moguel, archivo inagotable de dichos y anécdotas tocantes á personajes políticos y literarios, referidos con viveza y gracejo insuperables, y cuyo trato resultaba á veces algo difícil por consecuencia de una vanidad vidriosa é irritable, impropia de talento tan sólido y brillante; al Dr. Thous, católico ferviente, médico estudioso, y á quien, á cambio de los buenos ratos que nos proporcionaba con su charla, ora satírica ora edificante, sólo le reprochábamos la debilidad, harto disculpable, de insistir demasiado en sus hazañas clínicas; á Fortanet, el conocido impresor, republicano fogoso y de buena fe; al célebre poeta Marcos Zapata, poco asiduo á la mesa, y cuyas agudezas y oportunidades, amén del relato de sus aventuras de bohemio, constituían el deleite de la reunión; al doctor B. Escribano, el último de los contertulios desaparecidos, sobrio y austero conversador, cuyas caídas inesperadas desconcertaban á los más afluentes parlanchines, etc.

La peña del Suizo continúa hoy completamente renovada, aunque algo decaída, después de la muerte del inolvidable San Martín. Buenas cosas dijera de los actuales contertulios, muchos de ellos catedráticos, si la discreción más elemental no me impusiera el silencio. Concretareme á citar á D. Joaquín Decref, á Castro y Pulido, á Ambrosio Rodríguez, al Dr. Isla, á Perico Valls, á Blas Cabrera, á Odón de Buen, á F. Martí, á Antonio Vela, á J. Ramírez Ramos, á Clodomiro Andrés, etc.

Yo debo mucho á la sabrosa tertulia del Suizo. Aparte ratos inolvidables de esparcimiento y buen humor, en ella aprendí muchas cosas y me corregí de algunos defectos. Allí elevamos un poco el espíritu, exponiendo y discutiendo con calor las doctrinas de filósofos antiguos y modernos, desde Platón y Epicuro á Schopenhauer y Herbert Spencer; mostramos veneración y entusiasmo hacia el evolucionismo y sus pontífices, Darwin y Häckel, y abominamos de la soberbia satánica de Nietzsche. En el terreno literario, nuestra mesa proclamó el naturalismo contra el romanticismo, y al revés, según los oradores de turno y el humor del momento. En torno de ella, Pepe Botella y San Martín, los más filarmónicos de la reunión, riñeron descomunales batallas en favor de Wagner, cuando en España apenas había más wagneristas que el regocijado Peña y Goñi.