Mencionemos un detalle que tiene su valor. Para no perder la hilación del discurso, cada oyente tenía en las manos, según costumbre inglesa, un resumen impreso de lo más importante de aquél. Ni debo olvidar otra particularidad reveladora de la exquisita cortesía anglo-sajona: sobre el estrado presidencial, ocupado por Lord Kelvin y varias autoridades académicas, flameaban entrelazadas las banderas inglesa y española.
Terminado el acto, fuí calurosamente felicitado. Entre los que estrecharon efusivamente mi mano, reconocí con satisfacción al ministro de España, D. Cipriano del Mazo, acompañado del Secretario, del simpático hijo de D. Facundo Riaño, agregado entonces de Embajada, y de algunos más representantes distinguidos de la colonia española. Fué un día de grata y noble emoción, de los que viven en la memoria asociados al dulce sentimiento de la patria.
Sucediéronse luego en serie ininterrumpida numerosos agasajos, donde se puso de realce la afectuosa esplendidez de la hospitalidad anglo-sajona. Imposible fuera recordar todas las invitaciones recibidas y los banquetes celebrados.
Mención particular merece, sin embargo, el banquete de la Sociedad Real, al cual asistieron muchos invitados llegados de Cambridge y Oxford. Á la hora del champagne, brindóse calurosamente en honor de las ciencias inglesa y española, y se hicieron votos por la confraternidad cordial é intelectual de ambas naciones. Recuerdo todavía parte del elocuente discurso de Mr. Foster, orador agudo y ocurrente, que sazonaba sus frases con esa fina sal del humour anglo-sajón, casi desconocida entre nosotros. Dijo, entre otras cosas halagadoras para España y para mí, «que gracias á mis trabajos, el bosque impenetrable del sistema nervioso se había convertido en parque regular y deleitoso, y que mis investigaciones habían establecido colaterales de conexión y placas motrices entre las almas de España y de Inglaterra, antes apartadas por siglos de incomprensión y desvío.»
Más íntimo y menos solemne fué el banquete celebrado en casa del Dr. Paget, donde tuve el gusto de conocer á los neurólogos y médicos más famosos de la capital inglesa.
Recuerdo asimismo la deliciosa gira al cottage de mi amigo el Dr. Schäfer, profesor de Fisiología é Histología de una de las Facultades médicas de Londres. En esta quinta, rodeada de praderas y bosquecillos, que animaban el juego de los niños y la voz autoritaria de las nurses, tuve la primera visión de la holgura, comodidad y elegancia del home inglés, así como del decoro con que en la opulenta Albión viven los sabios y educan á sus hijos.
Ingrato fuera en este momento omitir la fiesta familiar y el espléndido banquete celebrados en la Embajada española, con asistencia de lo más distinguido de la colonia (figuraba entre los invitados el sabio y venerable Gayangos). Llegada la hora de los brindis, el anfitrión, D. Cipriano del Mazo, después de encomiar hasta la paradoja mis escasos merecimientos, entonó un cántico elocuentísimo á la ciencia y filosofía hispanas. Sus vibrantes y sentidas palabras nos conmovieron á todos, y á mí, especialmente, que apenas tuve la serenidad suficiente para agradecer sus elogios[129].
Claro es que, terminados recepciones y banquetes, dediqué algunos días á admirar las curiosidades y bellezas de la estupenda capital inglesa: sus suntuosos y artísticos monumentos, el puerto y los muelles del Támesis, el Museo británico, la Ciudad de Cristal, los parques incomparables, etc. No sin viva emoción contemplé en Westminster la estatua de Newton y el sepulcro de Darwin.
Excusado es decir que, aprovechando los buenos oficios de mi huésped, que se desvivía por complacerme, giré también visitas instructivas á las principales Instituciones docentes de la ciudad, entre otras, al King’s College Hospital, al Bartholomew’s Hospital, al London Hospital, Centros todos de enseñanza médica, al Royal College of Surgeons, en fin, á la Royal Medical and Chirurgical Society. Sin embargo, lo que más atrajo mi atención fueron los laboratorios. En ellos tuve la fortuna de presenciar experimentos fisiológicos de Ferrier, de Horsley y de Mott, y de examinar las preparaciones histológicas de Schäfer y de Sherrington. Á este propósito no holgará dar algunos detalles:
En los laboratorios ingleses estaba entonces muy en boga aplicar el método de las degeneraciones secundarias, asociado á la llamada coloración de Marchi (teñido de las piezas nerviosas en ácido ósmico, etc.). Este proceder, que empleaban con la mira de precisar el origen y curso de las principales vías que asocian el cerebro y cerebelo con el bulbo y médula espinal, exige, según es sabido, como condición previa, la ejecución de arriesgadas y difíciles vivisecciones en monos ó perros. Una de las practicadas por el profesor Ferrier en el macaco, impresionóme profundamente, así por la maestría de la manipulación como por la brillantez del resultado: tratábase de la extirpación total de ambos lóbulos occipitales del cerebro. Gracias á la habilidad incomparable del operador y á las exquisitas asepsia y hemostasia logradas, el animal sobrevivió á tan radical mutilación y fué posible explorar, en su día, las degeneraciones secundarias sobrevenidas. Verdad es que los fisiólogos ingleses y particularmente Ferrier, el sabio eminente que comparte con Hirtzig y Munk el descubrimiento de las localizaciones cerebrales, son prodigiosos experimentadores.