Fig. 69.—El Dr. Olóriz y el que escribe estas líneas, distrayendo sus ocios con el juego del ajedrez (verano de 1898).
Estábamos á la sazón veraneando en compañía del inolvidable Olóriz, en el pintoresco pueblo de Miraflores de la Sierra. Vecinos eran los pequeños hoteles en que nos albergábamos, y así, nuestras sendas familias formaban como una sola. Á menudo, fatigados de paliquear ó de leer, nos entregábamos al juego del ajedrez, al que D. Federico era muy aficionado. (En recuerdo del llorado maestro, inserto aquí una fotografía íntima, sacada por uno de mis hijos durante cierta partida empeñadísima) (fig. 69). Al atardecer, ahitos de lecturas ó vibrantes con las peripecias del juego, solíamos descongestionar el cerebro paseando por la carretera que, serpenteando al pie de la Najarra, remóntase á la Morcuera, para morir en el maravilloso Monasterio del Paular. Durante tan saludables correrías, placíame comunicar á mi compañero el fruto de mis meditaciones. Y alentado y autorizado con la aprobación del amigo, estaba á punto de terminar la redacción de mi trabajo, cuando en nuestro apacible retiro cayó como una bomba la nueva infausta de la destrucción de la escuadra de Cervera y de la inminente rendición de Santiago de Cuba.
La trágica noticia interrumpió bruscamente mi labor, despertándome á la amarga realidad. Caí en profundo desaliento. ¿Cómo filosofar cuando la patria está en trance de morir?... Y mi flamante teoría de los entrecruzamientos ópticos quedó aplazada sine die.
Aquel desfallecimiento de la voluntad —que fué general entre las clases cultas de la nación— sacóme del laboratorio, llevándome meses después, cuando la conciencia nacional sacudió su estupor, á la palestra política. La prensa solicitaba apremiantemente la opinión de todos, grandes y chicos, acerca de las causas preparatorias de la dolorosa caída, con la panacea de nuestros males. Y yo, al igual de muchos, jóvenes entonces, escuché la voz de la sirena periodística. Y contribuí modestamente á la vibrante literatura de la regeneración, cuyos elocuentes apóstoles fueron, según es notorio, el gran Costa, Macías Picavea, Paraíso y Alba. Más adelante sumáronse á la falange de los veteranos algunos literatos brillantes: Maeztu, Baroja, Bueno, Valle-Inclán, Azorín, etc.
En el coro de lamentaciones patrióticas, mis palabras fueron acaso las más estridentes y apasionadas. Sólo lo acerbo del desengaño podía excusar mis vehemencias. Había soñado con un renacimiento espiritual que incorporara definitivamente nuestra patria á la comunidad de las grandes naciones europeas, colaborando con ellas en la magna empresa de la civilización; y en mi despertar doloroso, encontréme con que España continuaba, sin posible remedio, su desconsoladora secular decadencia. ¡Qué amargo desencanto!...
Creo sinceramente que mis declaraciones de El Liberal, Vida Nueva y de otros diarios[164], contenían algunas censuras justas y apuntaban tal cual remedio atinado. Sin embargo, hoy, á la distancia de dieciocho años, no puedo releer aquellas ardientes soflamas sin sentir algún rubor. Me disgustan algunas recriminaciones exageradas ó injustas, el tono general declamatorio y cierto aire patriarcal y autoritario impropio de un humilde obrero de la ciencia. ¿Qué autoridad tenía un pobre profesor, ajeno á los problemas sociales y políticos, para censurar y corregir?
Fuera de que la retórica no detuvo nunca la decadencia de un país. Los regeneradores del 98 sólo fuimos leídos por nosotros mismos: al modo de los sermones, las austeras predicaciones políticas edifican tan sólo á convencidos. La masa permanece inerte. ¡Triste es reconocer que la verdad no llega á los perezosos, porque no leen ni sienten, y deja fríos, cuando no irritados, á los vividores y logreros!
Advierto que recaigo en enfadosas digresiones. Anudando el hilo de mi narración, repito que el desenlace de la tragedia colonial interrumpió mis meditaciones sobre la significación del kiasma de los vertebrados. Mas, al fin, las aguas volvieron á su cauce. Y recobrando el equilibrio me incorporé al tajo con sin igual ardor. Humillado mi patriotismo de español, quedó vivo y pujante, y aún diré que exaltado, mi patriotismo de raza. Y dí cima, al fin, al aludido trabajo, sin perjuicio de planear nueva labor para lo futuro.
Encierra la susodicha Memoria sobre el kiasma dos partes: la primera, exclusivamente anatómica, conservará siempre su valor; la otra, de tendencias psicológicas, sustenta concepciones que fueron blanco, y lo son aún, de vivas discusiones.
La indagación anatómica fué motivada por dos Memorias, radicalmente revolucionarias, entonces recientes, de Michel y de Kölliker. Prodúcese á veces entre los científicos algo así como cansancio de la verdad consagrada. El furor iconoclasta y revisionista gana hasta á los viejos. ¡Es tan tentador para el amor propio dejar mentirosas varias generaciones de sabios!... Algo de esto debió pasar por el espíritu de Michel cuando proclamó, contra lo que desde la época de Newton era general creencia, é imponen además postulados fisiológicos indeclinables, que el kiasma óptico del hombre y vertebrados superiores (visión binocular de campo común), consta exclusivamente de fibras ópticas entrecruzadas; en consecuencia, el clásico cordón óptico homolateral, que junta cada ojo con el hemisferio cerebral de su mismo lado, sería mera ilusión anatómica[165].