Á pesar del aparato de pruebas histológicas con que el citado sabio autorizó sus osadas afirmaciones, la tesis de Michel causó general estupefacción. Pero lo más grave fué, que algunos investigadores de renombre, y sobre todo el venerable Kölliker[166], la ampararon con su prestigio y hasta procuraron fortalecerla con nuevas demostraciones anatómicas. Los dibujos del maestro de Würzburgo, calcados sobre irreprochables preparaciones del método de Weigert, parecían concluyentes. Quedábamos, pues, privados del indispensable cordón homolateral, y, por consiguiente, incapacitados para explicar cómo, recibiendo el cerebro dos imágenes visuales casi idénticas (exigencia de la visión del relieve), sólo percibimos una.
Ocupado yo entonces en el análisis de los centros visuales de los mamíferos, tan insólita conclusión prodújome invencible repugnancia. Ello no podía ser, no debía ser; á menos que la naturaleza, divorciada de toda ley de armonía, se complazca en lo superfluo ó en lo absurdo. Y, acudiendo á la observación, me propuse estudiar á fondo el asunto, abordándolo con los métodos más apropiados; cuanto más, que por entonces me rondaban por la imaginación algunas conjeturas encaminadas á esclarecer el enigma de los entrecruzamientos nerviosos. Claro es que antes de hilvanar mi teoría necesitaba saber, á punto fijo, si existían ó no en el kiasma del hombre y primates, fibras homolaterales.
Puse, pues, manos á la obra, auxiliándome de copioso material de estudio (peces, batracios, reptiles, aves y mamíferos). Y, en sustitución del método de Weigert usado por Kölliker (cortes finos seriados en donde las fibras aparecen truncadas y difícilmente perseguibles), me serví del de Ehrlich, al azul de metileno, y del de Marchi (degeneraciones secundarias tras la ablación de un ojo). Ambos procederes permiten allegar datos decisivos para el esclarecimiento del problema: el primero, por consentir el examen de cortes muy espesos donde los axones del kiasma pueden seguirse durante larguísimos trayectos; y el segundo, porque revela con claridad en los cortes seriados, á favor de ristras de gotas grasientas ennegrecidas, el trayecto real de las fibras visuales nacidas en cada retina.
El resultado de tales pesquisas fué absolutamente conforme con la doctrina tradicional. Entrambos recursos demostraron en los mamíferos de visión binocular la existencia de robustísima vía óptica homolateral; en los animales donde se indica apenas dicho campo visual común (conejo, cavia, ratón, etc.), la presencia de algunas fibras homolaterales, predominando enormemente las cruzadas; y, en fin, en los vertebrados de campo visual diferente (peces, batracios, reptiles y aves, donde la visión es panorámica), la existencia de un entrecruzamiento total. El error de Michel y de Kölliker nació, como nacen siempre los errores histológicos, de haber exigido del método (el de Weigert) más de lo que buenamente podía dar, completando lo truncado de sus revelaciones con interpretaciones aventuradísimas. Exactos eran los dibujos, pero erradas las conclusiones.
De pasada y para hacer bueno el adagio de que en las ciencias experimentales cuando se busca con fe y perseverancia siempre se encuentra algo fuera de programa, tropecé con un hecho interesante. El kiasma de algunos roedores (conejo, por ejemplo) encierra, además de los conocidos conductores cruzados y directos, ciertos tubos bifurcados, esto es, fibras que, brotadas en la retina (células gangliónicas), divídense en dos ramas (fig. 70), destinadas á entrambas cintas ópticas. Para Kölliker (que en vista de mi trabajo rectificó después noblemente su opinión) y para otros autores que trataron de interpretar fisiológicamente el inesperado hallazgo, las citadas fibras bifurcadas provendrían de la región retiniana llamada mácula lútea, territorio correspondiente á la foseta central del hombre y primates. Por lo demás, tales dicotomías fueron confirmadas ulteriormente en el gato y ciertos animales por el maestro bávaro.
Fig 70.—Trozo del kiasma óptico del conejo. Método de Ehrlich.— A, nervio óptico; B, trozo de kiasma con el arranque de la cinta óptica; a, bifurcaciones de tubos nerviosos.
Fijado ya el primer punto importante, ó sea la realidad indiscutible del cruce parcial de las vías ópticas primarias, era llegada la hora de ver cuál de las conjeturas imaginadas acerca de la significación de los entrecruzamientos cuadraba mejor con las variantes de organización del kiasma y retina en la serie animal, y con los datos y postulados de la fisiología de la visión.
Planteemos el problema tal como lo planteaba entonces mi curiosidad. Notemos de pasada que para la ciencia anatómica de entonces —cerrada de horizontes y atenida á la mera descripción morfológica—, no había tal problema. El anatómico puro, como el zoologista descriptivo, es ajeno á toda inquietud filosófica. Con proclamar que el cruzamiento óptico constituye ley anatómica de los vertebrados, queda plenamente satisfecho. Inercia mental incomprensible, porque si la anatomía y la histología deben aspirar á la jerarquía de verdaderas ciencias, es fuerza que, al modo de la Química ó de la Astronomía, se preocupen de la evolución de los fenómenos y se tornen de cada vez más dinámicas y más causales.
Por sentir yo de esta suerte pude abandonar esa conformidad pasiva y como beatífica, obra del hábito y apagadora de toda curiosidad etiológica. Sorprendíme profundamente de una cosa de que nadie se mostraba al parecer sorprendido. Y el kiasma óptico se me presentó como algo absurdo ó inútil, que agravia nuestro sentido de la simetría y del ahorro, puesto que merced á aquél los conductores ópticos alargan inútilmente su trayecto y crean en los centros infinitas complicaciones compensadoras.