ÍNDICE
| Págs. | ||
| [Prólogo de la 2.ª edición], costeada por la generosidad del Dr. Lluria. | [V] | |
| [Prólogo de la 3.ª edición]. | [XII] | |
| [Prólogo de las últimas ediciones] (4.ª, 5.ª y 6.ª). | [XV] | |
| [Cap. I].— | Consideraciones sobre los métodos generales. — Infecundidad de las reglas abstractas. — Necesidad de ilustrar la inteligencia y de tonificar la voluntad. — División de este libro. | [1] |
| [Cap. II].— | Preocupaciones del principiante. | [13] |
| [Cap. III].— | Cualidades de orden moral que debe poseer el investigador. | [43] |
| [Cap. IV].— | Lo que debe saber el aficionado a la investigación científica. | [79] |
| [Cap. V].— | Enfermedades de la voluntad. — Contempladores. — Bibliófilos y políglotas. — Megalófilos. — Organófilos. — Descentrados. | [113] |
| [Cap. VI].— | Condiciones sociales favorables a la obra científica. — Los medios materiales. — El investigador y la familia. — La compañera del hombre de ciencia. | [131] |
| [Cap. VII].— | Marcha de la investigación científica. — Observación. — Experimentación. — Hipótesis directriz. — Comprobación. | [161] |
| [Cap. VIII].— | Redacción del trabajo científico. | [183] |
| [Cap. IX].— | El investigador como maestro. | [199] |
| [Cap. X].— | Deberes del Estado en relación con la producción científica. — Nuestro atraso cultural y sus causas pretendidas. Explicaciones físicas, históricas y morales de la infecundidad científica española. — El remedio de nuestro atraso. | [219] |
| [Cap. XI].— | Órganos sociales encargados de nuestra reconstrucción. — La Junta de Pensiones y sus Laboratorios y Seminarios. — Resultados obtenidos del Pensionado en el extranjero. | [269] |
| Instituciones complementarias del Pensionado. | [282] | |
| Importación del personal docente. — Ventajas e inconvenientes del método de injertación cultural. | [286] | |
NOTAS
[1] Claudio Bernard nos parece exagerar algo cuando, a guisa de ejemplos probatorios de su tesis, afirma que «no sabremos nunca por qué el opio tiene una acción soporífera, y por qué de la combinación del hidrógeno con el oxígeno brota un cuerpo tan diverso en propiedades físicas y químicas como el agua». Esta imposibilidad de reducir las propiedades de los cuerpos a leyes de posición, de forma y de movimiento de los átomos (hoy diríamos de los iones y electrones), es real, pero no parece que lo sea en principio y para siempre.
[2] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la desarrollada por Schopenhauer (desconocida de nosotros al redactar la primera edición de este discurso) en su libro El Mundo como voluntad y como representación, t. I, páginas 98 y siguientes. Al tratar de la lógica, dice «que el lógico más versado en su ciencia abandona las reglas de la lógica en cuanto discurre realmente». Y más adelante: «querer hacer uso práctico de la lógica es como si para andar se quisiera tomar antes consejos de la mecánica». Parecido sentir expresa modernamente Eucken, cuando afirma «que leyes y formas lógicas no bastan a producir un pensamiento vivo».
[3] Hoy creo menos en el poder de la selección natural que al escribir, treinta años hace, estas líneas. Cuanto más estudio la organización del ojo de vertebrados e invertebrados, menos comprendo las causas de su maravillosa y exquisitamente adaptada organización.
[4] En reciente libro, Ostwald corrobora esta reflexión, haciendo notar que casi todos los grandes descubrimientos fueron obra de la juventud. Newton, Davy, Faraday, Hertz, Mayer son buenos ejemplos.
[5] La brillante serie de descubrimientos eléctricos que siguieron al encuentro de la pila de Volta, a principios del pasado siglo; la pléyade de trabajos histológicos provocados por el descubrimiento de Schwann acerca de la multiplicación celular, y la repercusión profunda que el no muy alejado hallazgo de los rayos Röntgen ha producido en toda la física (encuentro de la radioactividad, descubrimiento del radio, del polonio, del fenómeno de la emanación, etc.), son buenos ejemplos de esa virtud creadora, y en cierto modo automática, que posee todo gran descubrimiento, el cual parece crecer y multiplicarse como la semilla arrojada al azar sobre terreno fértil.
[6] La opinión vulgar aquí combatida ha sido repudiada elocuentemente por casi todos los sabios. No resisto, sin embargo, a la tentación de copiar una comparación presentada bajo diversas y brillantes formas por nuestro incomparable vulgarizador científico D. José Echegaray, cuya desaparición ha dejado a la ciencia española huérfana de un gran talento:
«La ciencia pura es como la soberbia nube de oro y grana que se dilata en Occidente, entre destellos de luz y matices maravillosos: no es ilusión, es el resplandor, la hermosura de la verdad. Pero esa nube se eleva, el viento la arrastra sobre los campos, y ya toma tintas más obscuras y más severas; es que va a la faena y cambia sus trajes de fiesta, digámoslo así, por la blusa del trabajo. Y entonces se condensa en lluvia, y riega las tierras, y se afana en el terruño, y prepara la futura cosecha, y al fin da a los hombres el pan nuestro de cada día. Lo que empezó por hermosura para el alma y para la inteligencia, concluye por ser alimento para la pobre vida corporal.» — Academia de Ciencias, sesión solemne del 12 de marzo de 1916.