[7] Esto se escribía en 1896. Actualmente, la fábrica de instrumentos ópticos de Jena cuenta al frente de sus secciones nada menos que 33 investigadores matemáticos, ópticos, mecánicos y químicos, todos de primera fuerza. Legiones de químicos trabajan también en las grandes fábricas de productos químicos alemanas, demostrando que el único medio de que la industria evite la rutina y el estancamiento es convertir el laboratorio en antesala de la fábrica.

[8] «Es el sentido común trabajando a alta tensión», según la frase gráfica de nuestro Echegaray.

[9] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la clasificación en clásicos y románticos (talentos de reacciones lentas y talentos de reacciones rápidas), dada por Ostwald en su reciente e interesante libro sobre Los grandes hombres.

[10] Este ingenuo optimismo ha sufrido actualmente, con la horrenda guerra internacional iniciada en 1914, franco y rotundo mentís. Todo hacía creer, cuando esto se escribía, que la era de las grandes contiendas europeas había pasado. Ferrocarriles, telégrafos, periódicos, congresos, conferencias internacionales, difusión de idiomas, etc., parecían órganos destinados a realizar, tarde o temprano, la generosa aspiración de solidarizar y aproximar cordialmente a las naciones europeas.

Espectáculo consolador era contemplar cómo por encima de las fronteras se apretaban efusivamente las manos filósofos, sabios y obreros. Por desgracia, Gobiernos militares y logreros insaciables actuaban en sentido contrario, y ahogaban de continuo, merced a inoculación intensa iniciada desde la escuela, la semilla del amor con el veneno del odio. Al siglo XXI tocará comenzar nuevamente la obra, acaso quimérica, de la reconciliación definitiva de los Estados de Europa, y de someter definitivamente al derecho atávicas codicias y desapoderadas ambiciones territoriales.

(Esta nota se escribió en 1916. Hoy, firmada la paz, arruinada Europa, visto el fracaso de la candorosa concepción wilsoniana de la Sociedad de las Naciones, enconado el odio de los pueblos vencidos, que sueñan ya con próximos desquites, miramos con amargo escepticismo todo intento jurídico de paz perpetua. ¡Triste es reconocerlo!; pero todo pueblo, modelado en monarquía o en república, se hace ferozmente imperialista en cuanto puede serlo. ¡Ay de los débiles o de los antipatriotas!)

[11] Tal estado de cosas ha variado algo en la actualidad. El tipo de inventor que trabaja por afán de lucro abunda mucho hoy en Alemania y, en general, en las naciones más adelantadas. La lucha por la patente y la fiebre de la competencia industrial, han turbado la calma augusta del templo de Minerva. ¿Es un mal o un bien?

[12] Actualmente, en virtud de una emulación creciente, los focos de producción biológica se multiplican por doquier. Italia, Francia, Inglaterra y singularmente los Estados Unidos compiten y en muchos puntos sobrepujan a la hace algunos lustros insuperable labor de las Universidades alemanas.

[13] Aunque, merced a plausibles iniciativas, figura la lengua alemana en nuestro cuadro de asignaturas del Instituto, por desgracia el fruto obtenido hasta hoy por nuestros escolares ha sido casi nulo, tanto por la insuficiencia del tiempo destinado a tal estudio, cuanto por el vicioso método de enseñanza. Cuando falta el tiempo indispensable para dominar una lengua difícil, lógico sería no empeñarse en enseñar todo el alemán, sino el alemán científico, es decir, la suma relativamente escasa de reglas gramaticales y el caudal no muy cuantioso de voces necesario para traducir las monografías científicas. Lograr esto es obra de seis u ocho meses de labor asidua. Al aficionado a los trabajos biológicos le aconsejamos que se suscriba desde luego a una Revista alemana de su especialidad, por ejemplo, a un Centralblatt cualquiera. La lectura, al principio muy trabajosa, de las monografías científicas, le resultará cada día más accesible. El placer de obtener desde el principio algún fruto de sus afanes, aumentará progresivamente su afición al trabajo.

[14] Si los celos internacionales lo consintieran, fuera mucho más sencillo y práctico convenir en el empleo de una lengua viva, el francés, por ejemplo, como idioma científico. A los entusiastas del esperanto cabría preguntarles: Cuando viajéis por Francia, ¿os resignaréis a no hablar francés?