(Conforme era de presumir, hoy —1920— el flamante volapück ha sido definitivamente olvidado. Presagiamos que le ocurrirá lo mismo al esperanto.)
[15] Cuando los españoles asisten a un Congreso científico, deploran que nuestra lengua tenga que eclipsarse ante el alemán, francés o inglés. Estos patriotas inoportunos harían bien, antes de formular sus quejas y provocar la sonrisa de los sabios, en meditar estos tres irrebatibles asertos: 1.º Nuestra producción científica es, cualitativa y cuantitativamente, muy inferior a la de las cuatro naciones que gozan del privilegio de usar su lengua en los Congresos. 2.º A consecuencia de esto, el castellano es desconocido de la inmensa mayoría de los sabios. Si inspirándonos en un patriotismo quijotesco nos empeñáramos en usarlo en los Congresos internacionales, provocaríamos la deserción en masa de nuestros oyentes. 3.º En fin, naciones como Suecia, Holanda, Dinamarca, Hungría, Rusia y Japón, cuya producción científica supera con mucho a la española, jamás tuvieron la inmodestia de imponer en dichos certámenes su lengua respectiva; sus sabios son harto avisados para desconocer que, siendo ya excesiva la tarea de dominar las cuatro lenguas citadas, resultaría tortura insoportable aprender una o dos más.
[16] Hoy no suscribiría yo, sin algunas restricciones, este concepto mecánico, o si se quiere estrictamente físico-químico de la vida. En ella (origen, morfología de células y órganos, herencia, evolución, etc.), se dan fenómenos que presuponen causas absolutamente incomprensibles, no obstante las jactanciosas promesas darwinianas y los postulados de la escuela bioquímica de Loeb.
[17] Conocemos algunos que no se contentan con cerrar los armarios del laboratorio, sino que los precintan y lacran al ausentarse.
[18] Existen actualmente (1923) laboratorios en España tan suntuosamente dotados que los envidian los sabios más grandes del extranjero. Y sin embargo, en aquellos se produce poco o nada. Es que nuestros ministros y corporaciones docentes se han olvidado de dos cosas importantes; que no basta declararse investigador para serlo y que los descubrimientos los hacen los hombres y no los aparatos científicos y las copiosas bibliotecas.
[19] Esto se escribía hace muchos años. Claro es que hoy (1923) después de la guerra mundial habría que aumentar estos modestos presupuestos en más de una mitad.
[20] El que esto escribe, el más humilde de los profesores españoles, pecaría de ingrato si no hiciera constar un hecho que habla muy alto en pro de la generosidad de nuestros Gobiernos. Bastó la mera noticia telegráfica de que el premio llamado de Moscú, otorgado por el Congreso internacional médico de París (1900), había sido adjudicado a un español, para que incontinenti se nos buscara en el rincón donde laborábamos en silencio y se pusiera a nuestra disposición espléndido laboratorio. La medalla de Helmholtz, y el premio Nobel, nuevos dones de nuestra buena estrella, obtenidos después (1908), sin contar las altas distinciones recibidas de las principales Corporaciones científicas del mundo, nos proporcionaron la satisfacción de pensar que el modesto sacrificio hecho por el Estado español no había sido estéril para la Ciencia.
Y nuestro caso, afortunadamente, no es único. Todo el que en nuestro país ha sido consagrado por la ciencia extranjera, consigue, sin desearlas ni buscarlas, honra y prebendas. ¡A veces, hasta demasiadas!... Sepan, pues, los egoístas que anteponen siempre el galardón al merecimiento, que también en nuestra patria —y estoy por decir que mejor que en el extranjero— el cultivo serio de la ciencia constituye razonable negocio.
[21] Conocida es la frase célebre de Bonaparte pronunciada ante el Consejo de Estado cuando era Cónsul: «Si el hombre no envejeciera, desearía que se pasase sin mujer».
[22] Aludimos aquí especialmente a los efectos de la concentración mental y del trabajo intensivo, capaces de convertir al sabio en perpetuo distraído, tan flojo y descuidado en la educación de sus hijos como en la administración de sus bienes.