Y los cielos parecía que habían hablado por su boca; tal fué su acento de armónico y delicado, y el soldado, con su mejor gracia posible, replicó:

—Si no Dios, al menos los ángeles están en nuestra compañía; vuestro sirviente, dama hermosa, ha cumplido con vuestro dadivoso encargo, y mirad lo que mandáis, que obligación tengo de obedeceros, aunque menester fuera ir a las tierras del Catay, o a la noche de la Noruega; mandad, señora, y no reparéis en este entorpecimiento de mi persona, apoyada en rodrigones de palo; mandadme, que tal fuerza haría la voluntad, que todavía se hiciese obedecer cumplidamente de la ligereza del cuerpo.

—Os lo agradezco en el alma, bravo soldado; pero esas tierras apartadas que por mí queríais visitar, no se miran holladas por los tercios españoles. ¿No es cierto?

—Doncella—replicó el soldado—; yo no sé qué rincón del mundo no habrán ya visitado mis compañeros; pero cuando yo dejé las banderas del Emperador, quedaban nuestros tercios en Alemania, prestos para pasar el Danubio, y el que obedecía al bravo como mancebo Lope de Zúñiga, ya os he dicho...

—Adiós, soldado—le dijo la doncella dando un blando suspiro—. Adiós.

A pocos pasos de distancia volvió hacia el soldado, y le dijo:

—Esta noche hay velada en la casa de mi tío; podéis allá ir a recoger limosna. De este modo miraréis bien como cristiano viejo (y la doncella se sonreía agradablemente) que estos festejos distan mucho de las zambras y supersticiones con que los mal intencionados acusan a los de mi nación.

—Sí, iré, hermosísima María—replicó el estropeado—; pero entended que, aunque el mismo fiscal del diablo soplara y acusara a cuantos moriscos hay desde El Cairo hasta aquí, sólo así como os viera en un lugar bastaría para sobreseer y desistir de todo pensamiento sospechoso, cuanto más que de otras demostraciones más vigorosas, pues donde vos estáis, bien así como la noche de la luz, han de ir a mil leguas Mahomilla y don Satanás.

No pudo oír replicar el soldado, pues María ya traspuso por entre las sombras de los árboles desde la primera palabra, y la blanca alcandora que vestía flotaba entre el verde obscuro de los ramos.

María se acercaba hacia la aldea diligentemente, para ayudar con su brazo los cansados pasos de su tío en el subir el recuesto fatigoso que ya hemos apuntado.