Llegó al apoyo de piedra que servía de arranque a la subida, sitio donde siempre era esperada, y no encontrando al anciano tío, ocupó, mientras aguardaba, aquel asiento, entregándose a las imaginaciones que la soledad, lo apacible de la hora y la edad breve de diez y ocho años llevan siempre consigo en el blando corazón de una mujer.

A un lado y otro volvía los ojos con tierna inquietud, hasta que, dejando ir su diestra y linda mano debajo del pecho, y con la siniestra manteniendo la hermosura de su mejilla, fija la vista en la luna, que ya parecía entre los cielos, estuvo extática un breve instante, hasta que, dando un blando aliento, y casi sin abrir los labios, y como si esta armonía se le deslizara furtivamente por ellos, cantó esta cantinela, por aquel tono triste y penetrante de los cantares moriscos:

CANTINELA

¡Dónde estás,
dónde estás, amigo mío!
Ora acaso gala y brío
mostrarás
cabe el Elba o Reno frío.
Fiera lid,
fiera lid y sus azares
tú prefieres, o ir por mares,
bravo Cid,
a este suelo de azahares.
No más ya,
no más ya tu mente amada
en placer embelesada
llorará
los vergeles de Granada.
Pienso en ti,
pienso en ti con dulce empeño
cuando el plácido beleño
me da, sí,
con tu imagen blando ensueño.
Otra flor,
otra flor de más belleza
prenda acaso tu fineza
con su amor:
¡Ay, mi Dios, qué cruel tristeza!
Mientras yo,
mientras yo, apartada y sola,
canto y lloro con mi viola:
"No irás, no,
del pecho de tu española."

Al llegar aquí, la titulada doncella sintió una mano desconocida que la llamó en el hombro, y estremeciéndose y volviendo el rostro, miró entre las ramas levantarse las blancas tocas de un turbante, y luego un mancebo saltar gallardamente ante sus ojos, diciéndola:

—No te asustes, prima, esposa y señora mía; tú, hermosa Zaida, como te nombra el corazón mío, o bellísima María, como te nombran nuestros altivos vencedores, queriendo así los soberbios, trocándonos los nombres, arrebatarnos los títulos y motes de nuestra elección; tú, Zaida mía, has visto llegar la luna de Rajeb, término puesto por nuestro tío para este enlace afortunado, única dicha que les resta a los dos vástagos de los Reyes de Granada, a los descendientes de los Califas del Oriente y sucesores de los Omiadas de Córdoba. Este término deseado lo vi llegar en estas costas de Berbería, donde buscaba apoyo para sacudir la funesta servidumbre que nos agobia; desde allí, alegre con mil promesas, y más alegre con las esperanzas de mi ventura, me embarqué en una goleta, que antes de ahora me hubiera echado en estas playas de España, a no tener que esquivarse de las Galeras de Leiva, que han vuelto de Sicilia. Al fin, hace tres días que tomé tierra, a despecho de los corredores y atalayas de la costa, y llegando como llegué a esta aldea, donde sabía que era aguardado de los míos, y abrazando a nuestro tío en esas casas que se ocultan entre las alamedas, he venido a presentarme a tus ojos, ya para llevarme yo mismo las albricias, si tal merezco, o para anticiparme a la pena, si es que mi desgracia no alcanza otro premio.

Luengos instantes estuvo la hermosa morisca, fijos los ojos en la tierra, sin articular palabra alguna, hasta que, pasando la mano por la frente, como si pidiera ayuda a su discreción, algo más sosegada, le respondió al mancebo de esta manera:

—No sé, primo y señor, cómo es (si vuestra memoria no os ha abandonado) que os atrevéis a entrar por las puertas del alma mía, llamándome por otro nombre que el de María, único que reconozco, único que quiero, y sólo por el que responderé de hoy más hasta la muerte. Esta irrevocable determinación mía bien os mostrará cuál sea mi pensamiento en esas locas esperanzas de coronas y de imperios. Si es que nuestra miserable nación ha de emprender algún día el imposible de su libertad, aguarde a que los vencedores castellanos adolezcan de la misma enfermedad y corrupción que desmayó a los moros de Boabdil, y tomen este largo plazo, y conténtense o resígnense al menos con él, ya que no supieron, o no pudieron, o, por no lo decir, no quisieron defender su libertad y su independencia, dejando para un "mañana" incierto lo mejor que parecía en un "hoy" seguro de seguras y firmes esperanzas.

No quiera Dios que mi nombre ni la sangre de donde vengo entren a parte, para provocar tamañas desdichas sobre nuestros antiguos vasallos, y menos para arrebatarles la mísera fortuna que les resta, dándoles, en cambio, la servidumbre y la muerte. Si alguna esperanza pueden tener las que nuestro tío ha podido inspirar sobre mi posesión, fuerza será que abandonen vuelos tan locos y osadías tan temerosas, por lo mismo que son tan atrevidas. No alhambras, no coronas quiero; no ansío ni por esclavos ni por tesoros; no anhelo por las fiestas ni por las zambras; quietud quiero, mi hogar me basta, los bienes de mis padres me sobran en parte; y puesto que mi dicha me ha dado una en una religión santa, en ella quiero morir a trueque de los mayores bienes, ya que bienes queréis llamar a los que, si se consiguen, han de comprarse en tantos duelos, fuerzas, lágrimas, hogueras y muertes. No, primo; si os pude considerar árabe lejos de mis ojos, abanderizando el Africa, confiándoos en la fe berberisca y combatiendo inútilmente en la Goleta y Túnez estos mismos castellanos que queréis vencer en nuestro país, nunca presumí que en ánimo morisco, quien nació ya cristiano, viniese a ofrecer su amor a quien no quisiera ver un príncipe en un amante, sino sólo un caballero.

—No más, Zaida—le interrumpió el mancebo—; tu palabra última revela cuanto pasa en tu corazón. Esa fe de que tanto blasonas acaso se sostiene más en ti con la memoria de un caballero que no con las pláticas de las misiones; más con el recreo de los papeles y endechas, que con la lectura de catecismos; pero no cuentes con burlar a nuestro tío ni burlar las esperanzas mías.