—Por el profeta—dijo el Sultán empuñando su alfanje—que al primero que me asorde los oídos con esas taifas de nombres que atañen y tocan sólo a uno de mis esclavos, que le envíe la cabeza de un tajo a la punta nevada del Belet.

El capitán, cesando cuerdamente en su amplificación y exactitud genealógicas, y besando otra vez la tierra, dijo:

—Príncipe de los creyentes... el loco es Afmed-el-Bayer.

—Ya lo conozco—replicó el Sultán—. Traédmele al punto.

—Oyendo y obedeciendo—contestó Abu-el-Casín.

Y salió de la estancia, abriendo y cruzando los brazos y bajando la cabeza.

De allí a un instante cayó en medio del concurso un morillo mal andante en sus vestidos, aunque no de traza desagradable, y que llevándose con ahinco una su mano a cierta su oreja, daba a entender claramente ser aquella el asa por donde lo había empuñado, para transportarlo, la suavidad jurídica-militar del capitán Abu-el-Casín.

—¿Qué era lo que cantabas en el Zuc de los benimerines?—le dijo el Sultán.

Y el loco, siempre con su oreja entre sus manos, y comenzando a bailar con el mayor desenfado, cantó:

A la Sultana
nadie la cura,
si no es el rey
de la locura.