—Pues tú debes de ser—dijo Mohamad—el médico infalible de mi esposa: nadie puede haber más loco que tú; en tres días has roto cinco mil platos y escudillas; has hecho rodar por el suelo seis mil jarras y otros cachivaches de la Rambla, y has llevado todos los chicos del Albaycín a machacar esparto sobre las cargas de porcelana y cristal de los mercaderes genoveses de la Albayciría. Se necesita todo el respeto que profesamos a los llenos del espíritu de Dios para que no te hayamos empalado.
Afmed, sin dejar su baile, ni soltar su oreja, prosiguió cantando así:
Grados diversos
ha la locura,
ser rey en ella
fortuna es mucha,
aprendiz sólo
soy.....................
—Déjate de esa versa y canturia fastidiosa—prorrumpió encolerizado el Sultán—y responde por lo natural y llano a mis preguntas, porque si no ¡vive el cielo! que te saque enredada en la punta de mi espada gran parte de tus dislates y locuras.
El-Bayer, al halago de tal insinuación, dió una cabriola en el aire, y sacando los pies hacia adelante, se dejó caer verticalmente sobre sus nalgas, bajando y doblando al propio tiempo su cabeza hasta injertarla entre sus muslos; pero con tal arte, que ponía duda, si en su reverencia y salutación había más burla que respeto al Príncipe de los creyentes, dijo al demente:
—Yo soy un loco principiante, y como aprendiz no puedo dar en el hito del arcano de la Sultana; pero con un guijarro en la mano y poniéndome a ochenta pasos la frente de uno de estos sabios, te la abriré perfectamente, si es que allí presumes hablar y leer...
—Canalla—replicó el Sultán—no has entendido que por encontrar vacías esas frentes, acudo en apelación a tu locura. ¿Hay otro más loco que tú?
—Poderoso Mohamad—dijo el-Bayer—, lo hay en Granada, y ese podrá acaso satisfacer tu curiosidad.
—¿Dónde se halla esa perla peregrina?—dijo el Sultán.
—En los subterráneos de la Alcazaba—replicó el aprendiz de la locura.