Y al decir esto, levantándose como una pulga del pavimento de la estancia, dando otra cabriola, haciéndole una higa al Sultán, y dando cuatro papirotes a los más graves del cónclave o diván, se deslizó por entre las guardias, repitiendo siempre:
A la Sultana
nadie la cura,
si no es el rey
de la locura.
—Dejadlo ir—dijo el Sultán—, y tú, agradable Abu-el-Casín, vuela a la Alcazaba y registra el último agujero de sus murallas y subterráneos, hasta dar con ese loco recomendado por el otro loco.
—Oyendo y obedeciendo—respondió el capitán de la guardia, y desapareció abriendo y cerrando los brazos y bajando la cabeza.
Entretanto los sabios, consejeros, wazires y taalies, reunidos en el diván, se decían, en voz baja, unos a otros: "¡Qué diablos quiere el Sultán! Más loco debe él estar ya, que no el oráculo que busca; si se muere la Sultana, la juventud y belleza de cien ciudades de aquende y allende el mar le brindarán con otras mil beldades, y si la Sultana vive, tanto mejor si la posee muda y convertida en estatua. Esto será poseer una mariposa en estado de crisálida.... tanto mejor poseer la belleza sin alas."
Al propio tiempo venían nuncios y embajadores de los aposentos de las sultanas, siempre con las tristes nuevas de que Híala permanecía en su misma enajenada situación.
El Sultán, en profunda meditación, se hallaba fantaseando sobre lo extraño de aquellas aventuras, reclinado en su alfarir o solio de púrpura, cuando apareció ante sus ojos el amable Abu-el-Casín, capitán de la guardia africana.
—¡Amir-el-Mumenin—le dijo éste—, maravilla y más maravillas! He encontrado al loco a quien el otro loco recomendó, y el loco recomendado es el loco más inconmensurable que hallarse puede. Es el inmenso pájaro Roc de la locura; es el mar más insondable de los disparates; éste o ninguno debe ser el Rey de la locura.
—¡Que me place!—dijo el Sultán—. ¿Y dónde está ese Rey tan deseado? ¿Por qué no entra? Que venga, traédmelo aquí, luego, al punto...
—Pues ved ahí el caso—dijo Abu-el-Casín.