—Habla—replicó el Sultán.

Y el capitán comenzó su relato de esta manera:

IV

—Con las señas que dió el loco El-Baici, y ayudado de la amabilidad de carácter que me distingue—dijo el agradable Abu-el-Casín—, logré tomar en los barrios inmediatos a la Alcazaba noticias ciertas del loco recomendado. Supe que se llamaba Ben-Farding, y que habitaba en lo más hondo de esos palacios subterráneos que se encuentran en la Alcazaba, y que en otro tiempo fueron templos en donde se adoraban los ídolos de los reyes Rumíes.

Ben-Farding está poseído de la locura más extraña que se puede imaginar. Piensa que su gravedad específica es tal, que poco a poco y a fuerza de años va horadando la tierra, tendido como se encuentra, y que así llegará un día en que atravesará todo el globo, hallando su salida por los opuestos antípodas. En los largos episodios que tendrá tan dilatado viaje, irá aprendiendo todos los arcanos de la naturaleza, o, por mejor decir, los irá sorprendiendo o conquistando, pues, o ella habrá de suspender su acción, o en los ocultos elaboratorios de sus entrañas han de tener sucesivamente en perdurable y estudiosa visita a tan curioso como perseverante observador. Al salir por el opuesto agujero Ben-Farding, saldrá tan sabio como Soleimán, y tan poderoso como Nemrod. Será obedecido de los genios buenos y malos; mandará en los animales y aves; el Simorgue vendrá a tomar sus órdenes e imperará sobre toda la tierra.

Ben-Farding cree hallarse en lo hondo del subterráneo, en donde hoy está, no por haber descendido allí en propios o ajenos pies, sino porque la gravedad de su cuerpo ha taladrado ya la tierra hasta el lugar en que se encuentra.

A este loco respetable bajé a ver para hacerle entender las órdenes de mi señor, y para atravesar prontamente tan obscuras mansiones, hice encender trescientas hachas, y por no encontrar éstas tan a punto, mandé prender fuego a las tocas y vestidos de cincuenta cautivos, y echarlos por delante de mí para alumbrarme el camino.

Ben-Farding no se admiró de mi intempestiva visita, y, antes por el contrario, me manifestó punto por punto el objeto de ella: debe ser también Zahorí, según mi cuenta.

Mas el transportarlo aquí ha sido imposible. A mis amigables insinuaciones se mostraba tan impasible, que llegué a convencerme de que entra en su locura el no temer la muerte, o que se cree intangible como el viento, o invulnerable como si fuese de hierro. Yo me hubiera valido de mi conocida destreza, y hubiera aplicado mis medicamentos infalibles para que desistiese de su extraña terquedad, a no sospecharme que nuestro Ben-Farding no pudiera resistir mi método curativo, o, por mejor decir, mis medios de transporte...

—¿Conque no quiere venir?—gritó como un león el Sultán...