—Ahí está justamente el caso—respondió el amable capitán de la guardia africana—. El no se opone a aparecer ante la noble presencia del Príncipe de los creyentes; pero dice que él no puede separar a su voluntad ni por un instante de la lentísima tarea en que se encuentra afanado en dulce calma ya hace siete siglos. Un milésimo átomo del punto más imperceptible que dejara por taladrar, apartándose voluntariamente del sitio que ocupa, le fuera una falta imperdonable.
El labrar su escotillón es su primer deber; pero consiente en ser transportado aquí en gracia del generoso, del nunca vencido, del sabio, potente, querido de Alahí, vencedor, príncipe de los creyentes, mi señor, si en el propio lecho en que espera su futura grandeza es transportado en los hombros de ciento veinticinco...
—Será algún gigante—exclamó el Sultán—, pesado como una montaña; ya comprendo el fundamento que tiene en su fantasía para presumir que puede ir hundiendo la tierra poco a poco...
—Pues ahí está el caso—respondió el amable capitán de la guardia africana—; es un gorgojo el tal Ben-Farding, que no llega a tres palmos, y, salvo su cabeza, que es gorda como la Al-cuba de la mezquita, y sus pies, que son como dos luengas y anchas hojas de plátano, por lo demás se creería que su gravedad no llegase a veinte adarmes.
—Pues bien—replicó el Sultán—, sábete, amable Abu-el-Casín, que me voy enamorando de ese precioso Ben-Farding, y me desvivo por tenerle ya ante mis ojos. Toma una manga de cincuenta y cinco ganapanes y otra de setenta aljameles de los que portean cal y canto a las murallas que ahora edifico en Fajalans, y que me lo traigan aquí al punto, en el instante, dirigiendo tú mismo la maniobra.
—Pues ahí está el caso—volvió a replicar Abu-el-Casín—; y es que Ben-Farding exige que esos aljameles y ganapanes hayan de ser precisamente, exclusivamente de los ilustres dignatarios, magnates, altos personajes, profundos estadistas, divinos oradores y sabios consejeros de este diván.
—Dígote, amable Abu-el-Casín—exclamó alborozado el Sultán—, que ese loco es lo más deliciosamente caprichoso que pueda idear la imaginación más chistosa; me declaro por su favorecedor, y de él espero el feliz desenlace de esta aventura.
Pero ¿qué hacen esas feas alimañas de mi consejo y diván que no se han apresurado ya, que no han corrido para portear sobre sus lomos a mi buen Ben-Farding, al libertador de mi esposa, al que ha de ser mi primer amigo si sus obras corresponden a la graciosa extrañeza de sus fantasías?
—Pues ahí está el caso—dijo Abu-el-Casín—; es que estas respetables gentes no caen en la cuenta de que el encargado en la ejecución de los mandatos del Príncipe de los creyentes y de las indicaciones sapientísimas del gracioso habitador de la ratonera de la Alcazaba es vuestro siervo, el agradable Abu-el-Casín, capitán de la guardia africana.
—¡Hola, tropa!—dijo éste, volviéndose a aquellos venerables varones.