El Sultán se deshacía en muestras de regocijo y de la más íntima alegría.
La anchísima estancia, iluminada con mil lámparas arabescas, se llenó primero con todos los miembros del diván; segundo, con el apéndice de los trece coadjutores elegidos y cazados por Abu-el-Casín, y, además, con el catafalco aquel donde, como en empanada, se albergaba el caprichoso Ben-Farding.
—Quitad—dijo el Sultán—ese capirote de papelón, y venga a mis brazos mi mejor amigo, el príncipe de los disparates, el rey de la locura.
Cuarenta oficiosos wazires, con sus ochenta manos y ochocientos dedos, se precipitaban en tropel a poner en ejecución la voluntad del Sultán, cuando una vocecilla gangozuela, pero no del todo desapacible, que se dejaba escuchar dentro de aquel cascarón, como algunas veces el piar del polluelo en su huevo, dijo ahincadamente:
—No haga tal, hermano mío, poderoso Mohamad. Antes que me descubran y descapiroten, fuerza es que se apaguen todas esas luces. Abu-el-Casín así me ha hablado: cuando llegó a mí, hubo de echar al agua para apagarlos a los esclavos que él sabiamente convirtió en hachones encendidos. La obscuridad es lo que me conviene por ahora.
—Lo entiendo—respondió el Sultán—. Hágase como tú lo dices.
Y en un instante quedó la estancia en la obscuridad más completa: cada consejero o wazir dió un soplo tan fuerte a la antorcha más inmediata, que la mató en un punto, y tanto viento agitado hizo vibrar las puertas como si hubiese un terremoto.
—Entonces—dijo Ben-Farding—, hermano Mohamad, ya pueden destocarme de esta caperuza que me cobija, que por cierto ya me incomoda.
—Serás obedecido, rey de la locura—replicó el Sultán.
Y él mismo, levantándose de su solio como a tientas, quitó la cobertera de papelón, añadiendo: