—Respira y solázate, rey de la locura.
—No soy por cierto el rey de la locura—respondió Ben-Farding.
—¿Cómo no?—articuló turbado el Sultán.
Y a encontrarse con alguna claridad el regio aposento, se le hubiera visto de color del panal y con baño de amarillo azufre.
Sin duda, el Príncipe de los creyentes debió decir para sus adentros: "Si este avechucho no es el rey de la locura, y después de tantos afanes y extravagancias no hemos encontrado más que un loco de los adocenados, un loco de insulsa mediocridad, será preciso entregarse al despecho y la desesperación."
No se sabe adónde hubieran ido a dar las imaginaciones del desconcertado Sultán, cuando, en medio de aquella oscuridad, se dejó escuchar la voz del caprichoso Ben-Farding, diciendo:
—Querido Mohamad, ¿por qué te he de engañar revistiéndome con titulillos que no he ganado todavía? ¡Pues qué! ¿No hay más que ser el rey de la locura? Pero no por eso te inquietes, ni desconfíes de encontrar remedio a tanto daño, alivio a los males y buen desenlace a tanta contrariedad.
El Sultán se consoló algo con palabras tan explícitas, y dijo para sí: "Pues está visto; el rey de la locura es algún ser fabuloso a fuerza de ser disparatado; contentémonos con éste, que será un loco de los graves y encumbrados, y uno como capitán de una numerosa y escogida taifa de los más rematados. Entretanto, la condición del tal Ben-Farding es llana y fácil por todo extremo; me trata como a su igual y camarada..."
—¿Y la muchacha?—prorrumpió el loco.
—La Sultana—replicó algo amostazado el Sultán—prosigue en su paroxismo, y yo aguardo tus infalibles recetas para verla en la completa posesión de su hechicero espíritu, de sus facultades casi sobrehumanas y de su celeste hermosura.