Poco tiempo despues de haberse colmado de gloria sosteniendo el certámen á que fué obligada, y ántes de haber llegado á los diez y ocho años de edad, tomó el velo en el monasterio de San Gerónimo de Méjico. Mas no por esto rompió del todo con el mundo: era una lámpara que Dios habia encendido para que puesta en alto alumbrara á todos los de la casa, y no para que fuese escondida debajo del celemin. La fama de su sabiduría la obligaba á vivir en comunicacion con las personas doctas y de encumbrada gerarquía; era un oráculo consultado por los vireyes, los prelados, los literatos y hombres científicos, nacionales y estranjeros, y por este medio participaba, mal su grado, de la vida social y profana que se agitaba allende los muros de su convento. Su sed de mayor sabiduría iba á par del brillo de su nombre y de la admiracion general de que era objeto, y doblaba el estudio y la meditacion. Sinembargo, no dejaba de cumplir con puntualidad sus deberes de monja, y como “la caridad era su virtud reina,” buscaba y aprovechaba las ocasiones de ejercerla, ya por medio de oportunos consejos y advertencias, ya con ocultas limosnas, ya sirviendo hasta de enfermera en el monasterio. Lo que rehusó siempre, porque le gustaba ménos que estas santas ocupaciones, ó por juzgarlo como ocasion de malgastar el tiempo, fué tener mando en la comunidad: dos veces fué electa abadesa, y ambas renunció decididamente. Fué quizás tambien obra de humildad; mas sino lo fué, bien se comprende la razon que tendria para rechazar el dominio sobre una reducida grey de mujeres, quien habia llegado á dominar por la fuerza del ingenio sobre toda una sociedad lucida y numerosa.
El tino en la distribucion del tiempo lo dobla y hasta triplica, y como Sor Juana Ines era en todo cuerda y activa, despues de las horas gastadas en sus piadosas atenciones y en entender en los asuntos profanos que como á sabia y literata la encomendaban, las tenia, pues, largas para consagrarse á sus favoritas labores intelectuales y departir á solas con sus cuatro mil amigos que habia logrado reunir en su biblioteca. Metida aquí, con leer y mas leer, estudiar y mas estudiar, como ella misma dice; teniendo por únicos maestros los libros y por condiscípulo el tintero, alcanzó mayor grado de perfeccion en las ciencias y artes que ya sabia, aprendió otras y escribió unas cuantas obras en prosa y verso.
Parece que su organismo hubiera sido hecho exprofeso para la observacion y la meditacion: cuando no tenia el libro en las manos, hallaba motivos de estudio en las personas que veía, en los objetos que la rodeaban, en el suelo que pisaba, en los ángulos de un aposento, en la luz, en el aire, en todo. “Paseábame, dice en una carta, en el testero de un dormitorio nuestro, que es una pieza muy capaz, y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo á nivel, la vista fingia que las líneas se inclinaban una á otra, y que el techo estaba mas bajo en lo distante que en lo próximo; de donde inferia que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van á formar una figura piramidal. Y discurria si seria esta la razon que obligó á los antiguos á dudar si el mundo era esférico ó no; porque aunque lo parece, podia ser engaño de la vista, &.”
A nuestro juicio, aunque en el convento escribió muchas cosas profanas, las poesías eróticas deben referirse al tiempo anterior; pues si, como pensamos y tenemos por indudable, quiso ahogar en el claustro alguna desgraciada pasion, mal pudo haber atizado su dolencia en vez de remediarla. A lo ménos no era mujer que no pudiese hacer el sacrificio de cubrir en lo posible un sentimiento mundano con una piedad necesaria é imprescindible.
Pero monja era ya cuando se dieron á luz sus obras, y no una sino varias veces. En la tercera edicion del primer tomo se lee: “Corregida y añadida por su autora.” Si añadió y corrigió, no tuvo á bien por otra parte, suprimir los versos harto profanos y amorosos que desdecian de su estado. ¿Les juzgó inocentes, por ventura, en razon de ser hijos de un sentimiento verdadero? ¿Tuvo repugnancia de arrancar de su corona esas rosas brotadas en las huellas del amor? ¿Juzgó innecesario ocultar lo que ya el mundo conocia? Nada podemos contestar. Los editores dedicaron las obras de Sor Juana Ines “á la Soberana Emperatriz del cielo y tierra, María, nuestra Señora,” y esto sí se puede explicar: en aquellos tiempos en que la religiosidad española era nimia, porque era profunda la fe y suma la sencillez del espìritu, cuando gustaba algun libro, por impregnado que estuviese de los miasmas de las pasiones terrenales, se le echaba la dedicatoria á la Virgen ó á un santo, ó cuando ménos se les invocaba, como para neutralizar el escándalo que debia producir la lectura. Esa incoherente muestra de devocion servia de tenaza para agarrar el ascua. ¡Inocentadas de otra edad! Pudo ser tambien esa costumbre precaucion para amortiguar el celo del Santo Oficio, que cierto no culparia de malicioso á quien invocaba un bendito nombre para dar á la estampa los desahogos del corazon ó los desbordes de la fantasía.
La publicacion del primer tomo de sus versos trajo muchos disgustos á Sor Juana. En medio de los elogios aparecieron amargas censuras; pero estas, mas que en los defectos de las obras, se fundaban en el disparatado concepto de que el estudio de las letras era incompatible con la condicion del sexo femenino, y mas todavía con el estado monacal. El númen poético de la jóven religiosa era especialmente objeto de serias contradicciones. “¿Quién no creerá, dice en la carta citada, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones, cuantos no podré contar”... “Pues por la en mí dos veces infeliz habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado? ó ¿cuáles no me han dejado de dar?”
De tan necias acusaciones se defiende Sor Juana citando con oportunidad y gracia varias mujeres célebres por su sabiduría, tanto entre las gentiles como entre las cristianas, así en la antigüedad como en los tiempos modernos. Con no menor destreza y fundado raciocinio combate á los que, aferrados al Mulieres in Ecclesia taccant, querian que dejase y condenase su aficion al estudio. ¡Salvaje pretension de la cual se vengó la sabia monja dando rienda á su ingenio! Llegó hasta privarse voluntariamente, cuanto le fué posible, de la sociedad de sus compañeras de claustro, por consagrarse mas y mejor á la lectura y la meditacion. Esto prefieren las almas grandes á la comunicacion con las almas vulgares.
Pero una de estas llegó a ser superiora de la comunidad, é inducida por alguno de los que se habian propuesto perseguir á Sor Juana Ines, la prohibió toda lectura y estudio. Entónces era cuando su ardiente imaginacion buscaba y hallaba hasta en los objetos triviales ocasion de meditar y aprender. “Si Aristóteles hubiera guisado, decia alegremente una vez, mucho mas hubiera escrito.” Sinembargo, su espíritu estaba reducido á una especie de ayuno, y el esfuerzo que hacia para buscarse alimento sin el auxilio de los libros, vino á quebrantar las fuerzas físicas, y la jóven cayó gravemente enferma. “Eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, refiere ella misma, que consumian mas espíritus en un cuarto de hora, que el estudio de los libros en cuatro dias.” Por fortuna los médicos calaron el motivo de la dolencia. Tras el diagnóstico vino la aplicacion de la medicina, los libros: abriéronle la biblioteca á Sor Juana despues de tres meses de entredicho y se le abrieron las puertas de la vida. Suceso enteramente igual al que se refiere del Petrarca: el Obispo de Cavaillon, su amigo, quiso privarle de la mucha lectura y le encerró sus libros; el poeta cayó malo, y fué menester devolverle las llaves de su biblioteca para restituirle la salud perdida en el ocio forzado á que se le condenó. Mala muestra de sus alcances dan los que piensan que solo de pan vive el hombre. La falta de pan enflaquece y mata la materia, mas no el espíritu. La falta de estudio y de saber mata el espíritu y á veces el cuerpo; este recibe vigor de la influencia de aquel. La naturaleza, aunque no siempre, es verdad, establece de tal manera las relaciones de los dos, que para que la máquina corpórea no se desorganice es precisa mucha actividad en las potencias del alma. “En árbol donde se coje la ciencia, no se coje la vida: vida y ciencia no son frutos de un mismo tronco,” ha dicho un eclesiástico al tratar de la temprana muerte de Sor Juana Ines. Esas palabras encierran una verdad, pero no absoluta: si se han visto gastarse muchas vidas y disolverse al fuego de la ciencia, como la nieve á los rayos del sol, no son pocas las que se han sostenido apoyadas por el trabajo mental de todos los dias, y que se habrian agostado y hecho polvo al sentir la inaccion del espíritu.
Veintitres años de clausura llevaba nuestra poetisa; veintitres años empleados en continuar dando pábulo á su pasion por la sabiduría; pero se habia inclinado acaso mas de lo justo á las ciencias y literatura profanas, con cuyo motivo la aconsejaba su amiga la trinitaria Filotea que, sin dejar la lectura de los filósofos y poetas, se consagrase con preferencia á las letras divinas y á la práctica de la virtud; porque “ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe la califica por necedad.” “Lástima es que tan grande entendimiento, añade Sor Filotea, de tal manera se abata á las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el cielo.”
Algun tiempo despues, unos dos años ántes de su fallecimiento, se verificó en la vida de Sor Juana Ines un cambio radical y definitivo; se desprendió de su pasado, si asì podemos decir, rompió todos los lazos que la sujetaban á las profanidades de la tierra, se sobrepuso con voluntad heróica á la necesidad y á la costumbre del contacto con los doctos y grandes del mundo, y se dió completamente á la mística. Entónces, y no desde el principio de su clausura, como algunos han escrito, comenzó nuestra religiosa su vida de austeridad y penitencia. Cuál haya sido la causa de tan súbita y grande mudanza, no es posible decirlo con absoluta certeza. ¿Fué talvez la pérdida de alguna cara ilusion que guardaba en el secreto de su celda? ¿fué por entónces arrebatado de la muerte el amante, ya moralmente perdido para ella en la sociedad, pero todavía objeto del silencioso culto que un corazon ardiente no puede á veces dejar de rendir á su ídolo, aunque le vea caido ó sobre otro altar colocado? ¡Ay! de cuántas maneras, ademas de la muerte, se pierde lo que se ama, sin que se apague la pasion!... ¿Fué por ventura el orígen del cambio algun otro desengaño superior al que la obligó á cubrirse con las tocas monjiles, alguna demostracion inesperada de una de esas certidumbres crueles que restregan y allagan el delicado corazon de la mujer hasta matarlo? ¿fué el acìbar que derramaron en sus entrañas la murmuracion y la calumnia, eternas enemigas de la virtud y del saber? ¿fué el efecto que produjo al cabo la constante exhortacion de sus amigos que, como Sor Filotea y aun mas que ella, deseaban se entregase absolutamente á la contemplacion devota y práctica del rigor ascético? Cualquiera cosa que haya sido, la verdad es que se la vió trocada de sabia en santa. Su fervor para el estudio se convirtió en estremado celo por los ejercicios piadosos. Le parecia que hasta entónces habia vivido “no solo sin religion, sino peor que pudiera un pagano.”