“Deja que nuestras dos almas,
Pues un mismo amor las rige,
Teniendo la union en poco,
Amantes se identifiquen.

Un espíritu amoroso
Nuestras dos vidas anime,
Y Láchises al formarlas
De un solo copo las hile;

Nuestros dos conformes pechos
Con solo un aura respiren,
Un destino nos gobierne
Y una inclinacion nos guie”.

¿Escuchais? Es Juana Ines quien deja escapar esas veces del corazon, esa melodía del amor.

Y estos no son los únicos ni los mas lucidos versos en que muestra su pasion: ¡oh, no! los hemos tomado á la ventura, reservándonos examinar mas adelante las mejores de sus poesías amorosas. Con todo, vienen muy á cuento las siguientes cuartetas para la materia que tratamos:

“Yo me ocuerdo (¡oh nunca fuera!)
Que he querido en otro tiempo,
Lo que pasó de locura
Y lo que excedió de extremo.”

“Tan precisa es la apetencia
Que á ser amados tenemos,
Que aun sabiendo que es inútil,
Nunca dejarla sabemos.”

“Si es delito, ya lo digo;
Si es culpa, ya la confieso;
Mas no puedo arrepentirme,
Por mas que hacerlo pretendo.”

“Pero valor, corazon,
Porque tan dulce tormento,
En medio de cualquier suerte,
No dejar de amar protesto.”

He ahí una confesion que ha debido excusarnos de escribir la mitad de cuanto en este capítulo llevamos dicho: ¡Juana Ines amaba! No importa que no sepamos quien fué el dichoso mortal en quien fijó sus ojos esta eminente mujer; contentámonos de saber que fué apasionada en el amor, de entrever que no fué dichosa en él, de recelar que algun desengaño, alguna pérdida, alguna de esas hondas penas propias de las almas elevadas y vehementes, contribuyeron á llevarla al monasterio, asilo frecuente, aun en dias de vivos, de las desgracias que no tienen remedio en el mundo. Juana halló, queremos suponer, el consuelo que buscaba, y llegó talvez á disfrutar alguna felicidad: fué virtuosa, amaba el estudio; ya lo hemos dicho.