La vida retirada y de contemplacion debe ser muy favorable á las letras, porque en ella se robustece el espíritu y aguza la inteligencia. En efecto, nuestra literatura religiosa debida á Santa Teresa, frai Luis de Leon y otros muchos varones que brillaron en la Iglesia hispánica, muestra cuánto alcanza el talento concentrado en sí mismo y léjos de las distracciones del mundo.
Pero el ascetismo no es para todos; ni siquiera los que á el se consagran pueden, con bien raras escepciones, olvidarse que son compuestos de carne y sangre. La naturaleza visible y palpable que los rodea, el gérmen de las pasiones humanas que nunca se aniquila del todo con los ayunos y las maceraciones, los sacan de tarde en tarde de las mìsticas regiones para que den un respiro en las de la materia y la vida real. El mismo frai Luis de Leon hizo mas de una vez sonar profanamente su lira, y estudió, imitó y tradujo los clásicos latinos; y unos cuantos otros frailes y clérigos ilustres, ó mezclaron las inspiraciones divinas con las reminiscencias de la tierra, ó contentos con honrosos títulos y una conducta arreglada aunque no mística, se dieron á visitar con frecuencia los templos de Apolo y de Minerva: querian á un tiempo asegurar su entrada en la bienaventuranza y figurar con afamado nombre en la sociedad. Si este proceder era evangélico, ó por lo contrario digno de censura, no nos toca examinar; nos basta confesar que creemos hay organizaciones naturalmente inclinadas á la vida monacal, y que los llamados á ella por un secreto y poderoso atractivo hacen muy bien de seguirla. Debe ser cosa agradable y consoladora para quien no tiene apego á los objetos mundanos, volverles las espaldas con noble desden, reducirse á una sociedad de pocos individuos, acortar las necesidades del cuerpo, satisfacer ampliamente las del alma y aspirar en el silencio de las pasiones y el olvido de sí mismo á un bien inmenso que solo se encuentra allá arriba.
Ceguedad de la costumbre ó impulso de la necesidad ó acaso arranque de despecho fué lo que llevò tambien á Juana Ines de Asbaje á un monasterio. Hallamos tal contradiccion entre su carácter revelado claramente en sus poesías, y las austeridades del claustro, que hemos meditado mucho por descubrir el verdadero motivo que la indujo á huir de la sociedad mundana y cubrirse con las tocas monjiles. Dícese que la mujer es infiel guardiana del secreto. Créase en hora buena en tal acusacion; mas su propio corazon es un arcano que aunque nos lo quisiera esplicar ella misma, no lo podriamos comprender. Lo único que se nos alcanza es que miéntras mas lucido sea el talento de una mujer, mas fogosas son sus pasiones, y por consiguiente con mayor facilidad se sacrifica en las aras del ídolo, cualquiera que sea, que ha podido seducirla. En la antigüedad las Safos daban el salto de Léucades; en los siglos modernos las Eloisas se sepultan vivas en los claustros. La naturaleza moral de las mujeres es la misma; solo las creencias y las costumbres han cambiado; mas el resultado de sus afectos llevados al ùltimo grado de tirantez, es el mismo tambien: es buscar con ansia febril léjos de mundo, léjos de la vida, léjos del ruido el antídoto contra los celos ó el dolor intenso, la calma de la tempestad que agita el corazon; alguna cosa, en fin, que apague esa especie de electricidad de que está poseido todo su ser y que estalla en forma de llanto, de quejas, de ayes agudos, hasta de gritos frenéticos. La vocacion, á nuestro ver, no se forma: es innata, y Dios la imprime en la naturaleza humana. No es, pues, el hombre quien la adquiere; lo que el hombre hace con frecuencia, es contradecir la voluntad de Dios y labrarse su desgracia. Dudamos que Juana Ines haya tenido inclinacion natural á la vida monástica, y nos atrevemos á creer que, consagrándose á ella, se impuso un sacrificio violento por causas que no es dable penetrar, pero que se traslucen bastante bien. Si fué desgraciada ó venturosa en el convento, tampoco lo podemos asegurar; mas fué virtuosa y es probable que seria feliz cuanto es posible serlo en medio de las contradicciones de una existencia amarrada por fuerza á un yugo estraño y pesado. Ademas, amaba con pasion la lectura y el estudio, que son tambien elementos de consuelo y bienestar.
El Diccionario histórico, y, siguiendo el dicho de este, varios otros escritores, aseguran que la resolucion de nuestra heroina fué ocasionada por la muerte del jóven con quien iba á casarse. Nuestra opinion concuerda bastante con esta. No sabemos cuáles sean las fuentes de donde tal noticia se ha tomado; pero que hubo muerte, ausencia ó pérdida del amante de cualquier modo que sea, es un hecho mas que probable. Sinembargo, aceptando por una parte como evidentes la reparticion que la jóven hizo de sus bienes à los pobres, y el haber esperado que muriesen sus padres para darse definitivamente á la vida monástica, como lo aseveran dichos autores, queremos en todo lo demas atenernos á los contemporáneos de la religiosa y á sus propias obras; aquí, en estas bases mucho mas seguras apoyaremos nuestro criterio. Los últimos son contradictorios de los primeros: Sor Ines misma dice y presenta cosas capaces de hacer vacilar al observador que no tenga el pulso necesario para sujetarlas en la tenaza de la lógica; y no obstante, allí está la verdad; sí, allí está; la estamos viendo: la túnica con que se la ha cubierto es de gasa de Cos.
El P. Calleja, ántes mentado, asegura que Juana Ines nunca pensó en casarse, y para justificar su resolucion de tomar el velo, habla con gracia de lo caduco y fútil de la belleza exterior y de los peligros que la rodean, “porque el verdor de los pocos años tiene su misma ternura por amenaza de su duracion; y no hay abril que pase de un mes ni mañana que llegue á un dia;” y porque “la buena cara de la mujer pobre es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar su borron.” El mismo Padre habla en seguida sobre lo incompatible de los estudios á que se habia aplicado la jóven, con las obligaciones de religiosa, obstáculo que, no sabemos cómo, allanó el jesuita Antonio Núñez, sacerdote bien reputado y confesor de los vireyes de Méjico. A este propósito dice la misma Juana Ines estas notables palabras: “Y sabe (su Divina Magestad) que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra (segun algunos) en la mujer, y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Magestad que, no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en la religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor y lo sabe en el mundo quien solo debió saber, lo que intenté en órden á esconder mi nombre, y que no me lo permitió diciendo que era tentacion; y así seria.” “Éntreme religiosa, dice en otro lugar, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo mas decente que podia elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto, como al mas importante, cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.”
Lo que dejamos trascrito pudiera ser buen testimonio de que Juana Ines buscó en los claustros solo la perfeccion de la virtud ascética: queria que se apagase su inteligencia y que su nombre no luciese en el mundo; queria consagrarse toda á Dios; se humillaba, se abatia, se anonadaba. Mas ¿cómo armonizar este procedimiento con su delirante pasion á los estudios profanos? ¿cómo convenir en que haya llegado aquella austera virtud á ser la reina absoluta de un corazon cuyo fuego, que nada tiene de místico, está todavía y estará vivo y abrasador como el de la musa de Lésbos,[C] en mas de un centenar de versos? “A la verdad, yo nunca he escrito, dice nuestra heroína, sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia”... “El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza ajena, que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistes” ¡Qué conflictos los nuestros! Todo esto es verdad sin duda; pero lo es tambien lo que pensamos, y nuestra lógica está fundada en pruebas que nos proporciona la misma poetisa...
Pero no, no es así; corrijamos nuestros conceptos que van errados. La aficion de Juana Ines á los estudios debia producir frutos; pero estos, si provenian de asunto sagrado, eran peligrosos, y “yo no quiero, confiesa ella, ruido con el Santo Oficio, y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar.”... “El cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura.”
¿Satisface esta razon? Sí que satisface, contestamos. El espíritu religioso de aquellos tiempos que se mezclaba tanto en las menudencias del hogar como en los mas trascendentales enredos de la vida pública, hacia difícil el tratar ciertas materias; y entre lo sagrado que podia abrir al escritor las puertas de una mazmorra para encerrarle por largos años, y esto saliendo bien librado, y lo profano que deleitaba sin peligro, no cabia vacilacion: se elegia lo segundo, por mas que hubiese necesidad de rozarse, y á veces hasta ensuciarse (¡oh fea contradiccion!) con el sensualismo de los paganos, tan opuesto á las puras doctrinas del Evangelio. Juana Ines, que tenia necesidad de dar salida á un gran caudal de pensamientos que bullian represos en su mente, obró muy bien en levantar la compuerta de plata del lado de la tierra, y mirar con respetuoso temor la de oro del lado del cielo. Sí, muy bien obrò, y tanto mas cuanto, á nuestro juicio, lo profano que aceptó por necesidad, no dañó nunca el sentimiento piadoso arraigado en su alma.
Pero Juana Ines asegura que nunca se inclinó al matrimonio, y esos versos de fuego, esos versos que centellean como desprendidos del hierro candente golpeado sobre el yunque, fueron arrancados por la fuerza, casi con violencia; ¿cómo entendemos esto? ¡Ah! ¿os acordáis de Eloisa? Tambien se opuso al matrimonio. ¡Noble espíritu de la décima musa, perdonadnos! vos habeis dejado impreso vuestro ser en unas cuantas estrofas, y sois la causa de que así os juzguemos... La fuerza, la violencia, el poder de una mano que la jóven besaba y bendecia con gratitud, el dulce imperio de una voz para ella mágica é irresistible, la hicieron pulsar el laud y cantar: Juana nunca pudo resistir á los deseos é insinuaciones de su protectora la marquesa de Mancera, y de otras personas que, por el afecto y consideracion que la merecian, habian llegado á adquirir una suerte de imperio sobre ella. Cantó, pues, y aunque lo hizo de la manera que lo dice, no pudo ocultar sus propios afectos, y los trasladó á sus versos. Sea espontáneamente, ó bien por la herida que hace el acero en la corteza, el enebro produce incienso, y no ninguna otra resina. Para ocultar esos afectos era preciso guardar silencio; al cantar, su aparicion era infalible. De lo contrario habria mentido la poetisa: sus cantares fueran falsos, descoloridos, insustanciales, frios como témpanos. Cierto, Juana Ines queria esconder lo que sentia, y le causaba positiva repugnancia aquello que debia hacer traicion á su secreto.
Quedan, pues, en su punto nuestras sospechas. ¡Qué! sospechas, decimos, y decimos mal: á nuestro juicio hay evidencia: Juana abrigaba una pasion de esas vehementes, violentas, consumidoras pasiones que prenden solo en el pecho de las poetisas formadas por el amor y para el amor. La sensibilidad con que nacen constituye su tormento y su gloria. Aman con delirio, padecen sin tregua, se sacrifican con heroismo; la espresion de su cariño, sus quejas, suspiros, gritos de angustia... todos son cantares, todos son melodías; y enbebecidas en los afectos ó en los dolores que las dominan, no advierten que el mundo las escucha; y absortas en su historia íntima actual, no tienden las miradas á lo porvenir donde brilla ya la seductora estrella de su fama. El poeta es un templo vivo consagrado á los afectos y á las ilusiones, y su propio corazon es la víctima del cotidiano sacrificio; mas la poetisa añade tanta ternura, tanto atractivo y misterio á ese culto sublime, que casi siempre se hace superior, por este respecto, á su hermano de sentimiento y de armonía.