Hermosa y atractiva de cuerpo y semblante, de corazon mansísimo, discreta en conceptos y acciones, y amable en el trato con toda clase de personas, cautivaba fácilmente las voluntades; pero su raro saber la atraía tambien el respeto y admiracion de cuantos la comprendian. Solo ella, al parecer, no se conocia bastante, lo cual es dote del buen talento, que lleva en sí joyas preciosas escondidas á sus propios ojos y visibles á los agenos.
En aquella edad, esto es, á los diez y siete años, cuando la vida es para hombres y mujeres un alegre mosaico de ilusiones y el corazon un armonioso instrumento que suena al toque de cualquier afecto, el alma de Juana Ines se hallaba nutrida de variados y sòlidos conocimientos. Era una planta cargada de frutos precoces, mas no por esto ménos bien sazonados que los que produce un árbol crecido y desarrollado en muchos años. Filosofía, escritura santa, teología, historia profana, geografía, matemáticas, lógica, retórica, física, derecho civil y canónico, arquitectura, música, y otros ramos de ciencias y artes fueron abarcados por su vasta y poderosa capacidad. A par de claro juicio gozaba de feliz memoria y de facilidad de espresion. Tertuliano y San Gerónimo, San Agustin y Santo Tomas, así como otros muchos padres de la Iglesia eran, fuera del Antiguo y Nuevo Testamento, sus fuentes de erudicion piadosa. En lo profano su caudal de conocimientos fué adquirido en la lectura de los clásicos latinos, poetas y prosistas, y en los autores españoles, reflejos de aquellos en su mayor parte. Los sucesos históricos de Grecia y Roma, cronológicamente estudiados, y la ingeniosa mitología de esas dos naciones, troncos robustos de la civilizacion antigua, se hallaban prestos en sus labios para amenizar la conversacion, ó brotaban de su pluma con tino y gracia seductores.
Un dia el marques de Mancera entró en tentacion de someter á dura prueba la sabiduría de la jóven, y reunió en palacio mas de cuarenta personas de lo mas ilustrado de Méjico para que la examinasen. Juana Ines, que siempre hizo gala de su obediencia y sumision á quienes la protegian, se rindió á los deseos y mandato del virey, y se presentó al acto singular. Llovian sobre ella de todas partes las proposiciones y argumentos sobre variadas y difíciles materias; mas no era vulgar colegiala quien respondia, sino una maestra que, sobre bien fundados y extensos conocimientos, poseía un admirable talento para comprender y juzgar, y grande viveza de imaginacion para dar vigor y diversos movimientos á su discurso y raciocinio. Su dialéctica era invencible porque no era aprendida, sino obra espontánea de la razon ilustrada. Así, pues, el triunfo que obtuvo en la controversia fué completo. Merecen copiarse las palabras que trae su biógrafo, el P. Calleja, refiriéndose al marques de Mancera: “A la manera, dice, que un galeon real se defendiera de unas pocas chalupas que la envistiesen, así se desembarazaba Juana Ines de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, y cada uno en su clase la propusieron”.
Tan buen éxito, sinembargo, no dejó en el ánimo de la jóven ninguna impresion. ¿Fué modestia? ¿fué orgullo? Acaso no quedó satisfecha de sí misma; talvez no juzgó gran cosa el haberse sobrepuesto á quienes sabian ménos que ella; si bien, como ya dijimos, parece que fué la única que nunca conoció su propio valer. En todo caso, si obró la modestia, digna fué de alabanza, y si el orgullo, harto justificado quedó.
Pudiera creerse con razon que mucha parte de la fama de Juana Ines fué debida al tiempo en que vivió; pero si se examinan sus escritos aunque sea á sobre peine, no es difícil descubrir en ellos, á pesar de sus innegables defectos, hijos ellos sí del tiempo, que aquella jóven poseía prendas naturales y conocimientos de tan genuino mérito, que hoy en dia tanto como entónces nadie podria menospreciar, á no ser algun bárbaro.
Prueba es tambien de su mérito no vulgar el deseo de conocerla personalmente que tuvieron los sujetos mas distinguidos de Nueva España y de toda la América latina, y el eco que hizo su nombre en la Península, no obstante que la condicion de americana debió influir acaso en suscitar algunos celos. Parece que en todo tiempo se ha tenido á la América por mas fecunda en oro y plata que en riqueza de inteligencia; y, sinembargo, la historia prueba que si las arcas reales de España se colmaban con los metales preciosos de las colonias, las letras no dejaron de percibir su tributo, si relativamente corto en verdad, en ningun caso despreciable, ya se atienda á su mérito real, ya al mismo atraso en que por aquellos siglos se bailaba la educacion literaria de nuestro continente.
Juana Ines nació en mala época, no cabe duda, y habria sido milagro que no se contaminase de los vicios literarios dominantes, como lo fuera que un cisne conservara blancas las plumas en una charca de tinta. Pero la fuerza del talento la salvó de la completa perdicion en que tantos de sus contemporáneos se sumieron: ha dejado versos que la recomiendan hoy y que la harán pasar á la posteridad mas remota, y trozos de prosa en que se paladea el puro lenguaje de Santa Teresa. Casi no hay obra suya, aun entre las mas culteranas, que no tenga cierto sello que patentiza una alma no comun, un corazon de oro y una fecundísima imaginacion. Así como entre las nubes tempestuosas se ven intersticios luminosos que dan á conocer que el sol está tras ellas, así tambien en las mas defectuosas de las piezas de nuestra poetisa hay rasgos que revelan su genio. La necedad y la ignorancia nunca tienen lúcidos intérvalos ni pueden producir jamas cosa ni medianamente buena. El verdadero talento nunca se eclipsa del todo, porque tiene algo divino, y por tanto superior á las miserias de la tierra. Ademas de todo esto, y aunque la mayor parte de las obras de Juana Ines estuvieran por estremo enfermas del mal gusto de Góngora, las que se libertaron de este achaque, así en verso como en prosa, bastarian para justificar el buen nombre de la autora.
Y ¿no sucede otro tanto con el mismo Góngora? Todo el mundo condena sus funestos delirios que echaron por tierra la literatura española; mas ¿quién no admira sus aciertos? El famoso demoledor del buen gusto de las musas castellanas es mas responsable por este daño causado con su ejemplo, que por haber extraviado su propio talento; pero ¿quién se atreverá á negarle sus insignes dotes de poeta? Atinado anduvo á fe quien le llamó Angel de tinieblas. Sì, se envolvió de tinieblas, mas no dejò de ser àngel; cayó arrastrando consigo multitud de secuaces, mas no se confundió con ninguno de ellos.
V.
Costumbre ó necesidad española fué que los mayores ingenios, tanto en la Península como en América, se encerraran en las claustros ò se arrimaran, en pos de mejor suerte, á las inmunidades del altar. Recórrase la estensa lista de los escritores españoles, prosistas ó poetas, hasta muy avanzada la segunda mitad del último siglo, y se hallará que la mayor parte fueron eclesiásticos, debiendo notarse que muchos tomaron este estado ya entrados en edad y despues que habian adquirido fama literaria en el mundo.