¿Vesme, Alcino, que atada á la cadena
De amor, sufro en sus hierros aherrojada
Mísera esclavitud, desesperada
De libertad, y de consuelo ajena?

¿Ves de dolor y angustia mi alma llena,
De tan fieros tormentos lastimada,
Y entre las vivas llamas abrasada,
Juzgarse por indigna de su pena?

¿Vesme seguir, sin alma, un desatino
Que yo misma condeno por estraño?
¿Vesme derramar sangre en el camino,

Siguiendo los vestigios de un engaño?
¿Muy admirado estás? Pues mira, Alcino,
Mas merece la causa de mi daño.

XVI.

Despues de una enfermedad de la autora. A la vireina, marquesa de Mancera.

En mi vida, que siempre tuya fué,
Laura divina, y siempre lo será,
La parca fiera, que en seguirme da,
Quiso asentar por triunfo el duro pié.

Yo de su atrevimiento me admiré,
Que si debajo de tu imperio está,
Tener fuero no puede en ella ya,
Pues del suyo contigo me libré.

Para cortar el hilo, que no hiló,
La tijera mortal abierta ví:
“¡Ay parca fiera! dije entonces yo,