Salen doña Ana y Celia.

Doña Ana.—Hasta que venga mi hermano,
Celia, le hemos de esperar.

Celia.—Pues eso será velar,
Porque él juzga que es temprano
La una, las dos; y á mi ver,
Aunque es grande ociosidad,
Viene á decir la verdad,
Pues viene al amanecer.
Mas por ahora ¿qué te dió
Esta gana de esperar,
Si te entras siempre á acostar
Tú, y le espero solo yo?

Doña Ana.—Has de saber, Celia mia,
Que aquesta noche ha fiado
De mí todo su cuidado;
Tanto de mi afecto fia.
Bien sabes tú que él salió
De Madrid dos años há,
Y á Toledo, donde está,
A una cobranza llegó,
Pensando luego volver;
Y así en Madrid me dejó,
Donde estando sola yo
Y poder ser vista y ver,
Me vió don Juan y le ví,
Y me solicitó amante,
A cuyo pecho constante
Atenta correspondí;
Cuando, ó por no ser tan llano
El pleito como juzgó,
O, lo cierto, porque no
Queria irse mi hermano;
Porque vive aquí una dama
De perfecciones tan sumas,
Que dicen que faltan plumas
Para alabarla á la fama,
De la cual enamorado,
Aunque no correspondido,
Por conseguirla, perdido,
En Toledo se ha quedado;
Y porque yo no estuviese
Sola en la corte sin él,
O porque á su amor cruel
De algun alivio le fuese,
Dispuso el que venga aquí
A vivir yo, y al instante
Dí cuenta á don Juan, que amante
Vino á Toledo tras mí;
Fineza á que agradecida
Toda el alma estar debiera,
Si ya (¡ay de mí!) no estuviera
Del empeño arrepentida;
Porque el amor, que es villano
En el trato y la bajeza,
Se ofende de la fineza...
Pero, volviendo á mi hermano,
Sábete que él ha inquirido,
Con obstinada porfía,
Qué motivo haber podia
Para no ser admitido,
Y ha hallado que es otro amor,
(Aunque yo no sé de quien,)
Sintiendo, mas que el desden,
Que otro gozase el favor:
Que como este fiero engaño
Es envidioso veneno,
Se siente el provecho ajeno
Mucho mas que el propio daño.
Sobornando (¡Oh vil costumbre
Que así la razon estraga,
Que es tan ciego amor, que paga
Porque le den pesadumbre!)
Una criada que era
De quien ella se fiaba,
En el estado que estaba
Su amor, con el fin que espera
Y con lo demas que pasa,
Supo de la infiel criada
Que estaba determinada
A salirse de su casa
Esta noche con su amante;
De que mi hermano furioso,
Como á quien está celoso
No hay peligro que le espante,
Con unos hombres trató
Que fingiéndose justicia
(¡Mira que astuta malicia!)
Prendan al que la robó,
Y que al pasar por aquí
Al galan y dama bella,
Como en depósito á ella
Me la entregasen á mí;
Y que luego al apartarse,
Como que acaso ellos van
Descuidados del galan,
Den lugar para escaparse;
Con lo cual claro se arguye
Que él se valdrá de los pies
Huyendo, pues piensa que es
La justicia de quien huye;
Y mi hermano, con la traza
Que su amor ha discurrido,
Sin riesgo habrá conseguido
Traer la dama á su casa;
Y en ella es bien fácil cosa
Galantearla abrasado,
Sin que él parezca culpado,
Ni ella pueda estar quejosa;
Porque si tanto despecho
Ella llegase á entender,
Visto es que ha de aborrecer
A quien tal daño le ha hecho,
Aquesto que te he contado,
Celia, tengo que esperar;
Mira ¿cómo puedo entrar
A acostarme sin cuidado?

Celia.—Señora, nada me admira,
Que en amor no es novedad
Que se vista la verdad
Del color de la mentira;
Ni ¿quién habrá que se espante,
Si lo que es llega á entender
Temeridad de mujer
Ni resolucion de amante,
Ni de traidoras criadas,
Que eso en todo el mundo pasa,
Y quizá dentro de casa
Hay algunas calderadas?
Solo admirado me han,
Por las acciones que han hecho,
Los indicios que tu pecho
Da de olvidar á don Juan.
Y no sé porqué el cuidado
Das en trocar en olvido,
Cuando ni causa has tenido
Tú, ni don Juan te la ha dado.

Doña Ana.—Que él no me la da, es verdad;
Que no la tengo, es mentira.

Celia.—¿De qué modo?

Doña Ana.—¿Qué te admira?
Es ciega la voluntad.
Tras mí, como sabes, vino
Amante y fino don Juan,
Quitándose de galan
Lo que se añade de fino,
Sin dejar á qué aspirar
A la ley del albedrio;
Porque si él es ya tan mio,
¿Qué tengo que desear?
Pero no es aquesta sola
La causa de mi despego,
Sino porque ya otro fuego
En mi pecho se acrisola.
Suelo en esta calle ver
Pasar á un galan mancebo,
Que si no es el mismo Febo,
Yo no sé qué pueda ser.
A este, ¡ay de mí! Celia mia,
No sé si es gusto ó capricho,
Y... pero ya te lo he dicho,
Sin saber lo que decia.

Celia.—¿Lloras?

Dª. Ana.—Pues ¿no he de llorar,
¡Ay de mí infelice! cuando
Conozco que estoy errando
Y no me puedo enmendar?