Dª. Leo.—Señora, en la boca el alma
Tengo ¡ay de mí! Si piedad
Mis tiernas lágrimas causan
En tu pecho [hablar no acierto]
Te suplico arrodillada,
Que ya que no de mi vida,
Tengas piedad de mi fama,
Sin permitir, puesto que
Ya una vez entré en tu casa,
Que á otra me lleven, á donde
Corra mayores borrascas
Mi opinion; que á ser mujer,
Como imaginas, liviana,
Ni á tí te hiciera este ruego,
Ni yo tuviera estas ansias.

Dª. Ana.—A lástima me ha movido
Tu belleza y tu desgracia.

[Ap.]—Bien dice mi hermano, Celia.

Cel. [Ap.]—Es belleza sobrehumana,
Y si está así en la tormenta,
¿Cómo estará en la bonanza?

Dª. Ana.—Alzad del suelo, señora,
Y perdonad si turbada
Del repentino suceso,
Poco atenta y cortesana
Me he mostrado, que ignorar
Quien sois pudo dar la causa
A la estrañeza; mas ya
Vuestra persona gallarda
Informa en vuestro favor
De suerte que toda el alma
Ofrezco para serviros.

Dª. Leo.—Déjame besar tus plantas,
Bella deidad, cuyo templo,
Cuyo culto, cuyas aras
De mi deshecha fortuna
Son el asilo.

Dª. Ana.—Levanta,
Y cuéntame qué sucesos
A tal desdicha te arrastran;
Aunque si eres tan hermosa,
No es mucho ser desdichada.

Cel. [ap.]—De la envidia que le tiene
No le arriendo la ganancia.

Dª. Leo.—Señora, aunque la vergüenza
Me pudiera ser mordaza
Para callar mis desdichas
La que, como yo, se halla
En tan infeliz estado,
No tiene porqué callarlas;
Antes pienso que me abona
El hacer lo que me mandas,
Pues son tales los indicios
Que tengo de estar culpada,
Que por culpables que sean,
Son mas decentes sus causas;
Y así escúchame.

Dª. Ana.—El silencio
Te responda.