D. Rod.—¿Qué me dices, Hernando?
Her.—Lo que pasa,
Que mi señora se salió de casa.
D. Rod.—¿Y con quién no has sabido?
Her.—¿Cómo puedo
Si, como sabes tú, todo Toledo,
Y cuantos á él llegaban
Su belleza é ingenio celebraban?
Con lo cual conocerse no podia
Cual festejo era amor, cual cortesía,
En que no sé si tú culpado has sido,
Pues festejarla tanto has permitido,
Sin advertir que aunque era recatada,
Es fuerte la ocasion y el verse amada,
Y que es fácil que amante é importuno
Entre los otros le agradase alguno.
D. Rod.—Hernando, no me apures la paciencia,
Que aqueste ya no es tiempo de advertencia.
¡Oh fiera! ¿quién diria
De aquella mesurada hipocresía,
De aquel punto y recato que mostraba
Que liviandad tan grande se encerraba
En su pecho alevoso?
¡Oh mujeres! ¡Oh monstruo venenoso!
Quién en vosotras fia,
Si con igual locura y osadía,
Con la misma medida
Se pierde la ignorante y la entendida!
Pensaba yo, hija vil, que tu belleza,
Por la incomodidad de mi pobreza,
Con tu ingenio seria
Lo que mas alto dote te daria,
Y ahora en lo que has hecho
Conozco que es mas daño que provecho;
Pues el ser conocida y celebrada
Y por nuevo milagro festejada,
Me sirve, hecha la cuenta,
Solo de que se sepa mas tu afrenta.
Pero ¿cómo á la queja se abalanza
Primero mi valor, que á la venganza?
Pero ¿cómo (ay de mí!) si en lo que lloro
La afrenta sé y el agresor ignoro?
Y así ofendido, sin saber me quedo
Ni cómo ni de quién vengarme puedo.
Her.—Señor, aunque no sé con evidencia
Quien pudo de Leonor causar la ausencia,
Por el rumor que habia
De los muchos festejos que le hacia,
Tengo por caso llano
Que la llevó don Pedro de Arellano.
D. Rod.—Pues si don Pedro fuera,
Dí ¿qué dificultad hallar pudiera
En que yo por mujer se la entregara,
Sin que tan grande afrenta me causara?
Her.—Señor, como eran tantos los que amaban
A Leonor y su mano deseaban,
Y á tí te la han pedido,
Temeria no ser el elegido;
Que todo enamorado es temeroso
Y nunca juzga que será el dichoso;
Y aunque usando tal medio
Le alabo yo el temor y no el remedio,
Sin duda por quitar la contingencia
Se quiso asegurar con el ausencia;
Y así, señor, si tomas mi consejo,
Tú estás cansado y viejo,
Don Pedro es mozo, rico y alentado,
Y, sobre todo, el mal ya está causado,
Pórtate con él cuerdo, cual conviene,
Y ofrécele lo mismo que él se tiene.
Díle que vuelva á casa á Leonor bella,
Y luego al punto cásale con ella;
Él vendrá en ello, pues no habrá quien huya
Lo que ha de resultar en honra suya;
Y con lo que te ordeno
Vendrás á hacer antídoto el veneno.
D. Rod.—Oh Hernando! qué tesoro es tan preciado
Un fiel amigo ó un leal criado!
Buscar á mi ofensor al punto elijo,
Por convertirlo de enemigo en hijo.
Her.—Si, señor, el remedio es bien se aplique,
Antes que el mal, que pasa, se publique.