D. Juan.—En vano á los cielos llamas,
Que mal puede hallar piedad
Quien siempre piedad le falta.
Dª. Leo.—¡Ay de mí! ¿no hay quién socorra
Mi inocencia?....
(Salen Cárlos y doña Ana deteniéndole).
Dª. Ana.—Tente, aguarda; (á don Cárlos)
Que yo veré lo que ha sido
Sin que tú al peligro salgas,
Si es que mi hermano ha venido.
D. Car.—Señora, esa voz el alma
Me a atravesado, perdona....
Dª. Ana.—La puerta tengo cerrada,
Y así de no ser mi hermano
Segura estoy; mas me causa
Inquietud el que no sea,
(Ap.)—Y Cárlos halle á su dama.
Pero si ella está en mi cuarto
Y Celia fué á acompañarla,
¿Qué ruido puede ser este?
Y á oscuras toda la cuadra
Está....¿Quien vá?
D. Cár.—Yo, señora;
¿Qué me preguntas?
D. Juan.—Doña Ana,
Mi bien, señora, ¿por qué
Con tanto rigor me tratas?
¿Estas eran las promesas?
¿Estas eran las palabras
Que me distes en Madrid
Para alentar mi esperanza?
¿Si obediente á tus preceptos,
De tus rayos salamandra,
Girasol de tu semblante,
Clicie de tus luces claras,
Dejé solo por servirte
El regalo de mi casa,
El respeto de mi padre,
Y el cariño de mi patria?
Si tú, sino de amorosa,
De atenta y de cortesana,
Diste con tácito agrado
A entender lo que bastaba
Para que supiese yo
Que era ofrenda mi esperanza
Admitida en el sagrado
Sacrificio de tus aras,
¿Cómo ahora tan esquiva
Con tanto rigor me tratas?
Dª. Ana.—¿Qué es esto que escucho, cielos?
¿No es este don Juan de Várgas
Que mi ingratitud condena
Y sus finezas ensalza?
Pues ¿quién aquí le ha traido?