Dª. Ana.—En mi cuadra retirada
Mande que estuviese, en tanto,
Hermano, que tu llegabas.
Mas ¿cómo tan tarde vienes?

D. Pedro.—Porque al salir de su casa
La conoció un deudo suyo,
A quien con una estocada
Dejó Cárlos casi muerto,
Y yo viendo alborotada
La calle, aunque no sabian
Quien era y quien la llevaba,
Para que aquel alboroto
No declarara la causa,
Hice que de los criados
Dos al herido cargaran,
Como de piedad movidos,
Hasta llevarle á su casa,
Miéntras otros á Leonor
Y á Cárlos presos llevaban,
Para entregártela á tí,
Y hasta dejar sosegada
La calle venir no quise.

Dª. Ana.—Fue atencion muy bien lograda,
Pues escusaste mil riesgos
Solo con esta tardanza.

D. Pedro—Eres en todo discreta;
Y pues Leonor sosegada
Está, si á tí te parece,
No será bien inquietarla,
Que para que oiga mis penas
Teniéndola yo en mi casa
Sobrado tiempo me queda;
Que no es amante el que trata
Primero de sus alivios,
Que no del bien de su dama;
Y tambien para que tú
Te recojas, que ya basta
Por aliviar mis desvelos
La mala vida que pasas.

Dª. Ana.—Hermano, yo por servirte
Muchos mas riesgos pasara,
Pues somos los dos tan uno,
Y como tan propias trata
Tus penas el alma, que
Imagino al contemplarlas
Que tu desvelo y el mio
Nacen de una misma causa.

D. Pedro.—De tu fineza lo creo.

Dª. Ana.—[Ap.] ¡Si entendieras mis palabras!

D. Pedro.—Vámonos á recoger,
Si es que quien ama descansa.

Dª. Ana.—Voy á sosegarme un poco,
Si es que sosiega quien ama.

D. Pedro.—[Ap.] Amor, si industrias alientas,
Anima mis esperanzas.