Dª. Ana.—Leonor, tambien retirada
Puedes estar.

Dª. Leo.—Yo, señora,
Aunque no me lo mandaras,
Me ocultara mi vergüenza. [Váse]

Dª. Ana.—¿Quién vío confusiones tantas
Como en tan breve discurso
De tan pocas horas pasan?
¡Apénas estoy en mí!

(Sale Celia.)

Celia.—Señora, ya en mi posada
Está, ¿qué quieres ahora?

Dª. Ana.—A abrir á mi hermano baja,
Que es lo que ahora importa, Celia.

Celia.—Ella está tan asustada,
Que se olvida de saber
Cómo entró don Juan en casa;
Mas ya pasado el aprieto
No faltará una patraña
Que decir, y echar la culpa
A alguna de las criadas;
Que es cierto que donde hay muchas
Se peca de confianza;
Pues unas á otras se culpan
Y unas por otras se salvan. (Váse.)

Dª. Ana.—¡Cielos! en qué empeño estoy!
De Cárlos enamorada,
Perseguida de don Juan,
Con mi enemiga en mi casa,
Con criadas que me venden
Y mi hermano que me aguarda.
Pero él llega; disimulo.

(Sale don Pedro.)

D. Pedro.—Señora, querida hermana,
Qué bien tu amor se conoce,
Y qué bien mi afecto pagas,
Pues te halló despierta el sol
Y te ve vestida el alba.
¿Dónde tienes á Leonor?