D. Juan.—¡Aparta, tirana!
Que á tu amante he de dar muerte.

Celia.—Señora, mi señor llama.

Dª. Ana.—¿Qué dices, Celia? ¡Ay de mi!
Caballeros si mi fama
Os mueve, debaos aquí
El ver que no soy culpada
Aquí en la entrada de alguno
A esconderos, que palabra
Os doy de daros lugar
De que averigüeis mañana
La causa de vuestras dudas;
Pues si aquí mi hermano os halla
Mi vida y mi honor peligran.

D. Cár.—En mí bien asegurada
Está la obediencia, puesto
Que debo estar á tus plantas,
Como á amparo de mi vida.

D. Juan.—Y en mí que no quiero, ingrata,
Aunque ofendido me tienes,
Cuando eres tú quien lo mandas,
Que á otro, porque te obedece,
Le quedes mas obligada.

Dª. Ana.—Yo os estimo la atencion.
Celia, tú en distintas cuadras
Oculta á los dos, supuesto
Que no es posible que salga
Hasta la mañana alguno.

Celia.—Ya poco término falta.
Don Juan, conmigo venid.
Tú, señora, á esa fantasma
Entrala donde quisieres.

(Vánse Celia y don Juan)

Dª. Ana.—Caballero, en esta cuadra
Os entrad.

D. Cár.—Ya os obedezco.
¡Oh quiera el cielo que salga
De tan grande confusión! (Váse)