Dª. Leo.—Porque si me lo preguntas
Es fuerza que te responda
Que la pasé bien ó mal,
Y en cualquiera de estas cosas
Encuentro un inconveniente;
Pues mis penas y tus honras
Están tan mal avenidas,
Que si te respondo ahora
Que mal, será grosería,
Y que bien, será lisonja.

Dª. Ana.—Leonor, tu ingenio y tu cara
El uno á otro se malogran,
Que quien es tan entendida
Es lástima que sea hermosa.

Dª. Leo.—Como tú estás tan segura
De que aventajas á todas
Las hermosuras, te muestras
Fácilmente cariñosa
En alabarlas; porque
Quien no compite no estorba.

Dª. Ana.—Leonor, y de tus cuidados
¿Cómo estás?

Dª. Leo.—Como quien toca,
Náufrago entre la borrasca
De las olas procelosas,
Ya con la quilla el abismo,
Y va el cielo con la popa.

[Ap.] ¿Cómo le preguntaré,
Pues está el alma medrosa,
A qué vino anoche Cárlos?
Mas ¿qué temo, si me ahoga,
Despues de tantos tormentos,
De los celos la ponzoña?

Dª. Ana.—Leonor, ¿en qué te suspendes?

Dª. Leo.—Quisiera saber... perdona,
Que, pues, ya mi amor te dije,
Fuera cautela notoria
Querer no mostrar cuidado
De aquello que tu no ignoras
Que es preciso que le tenga;
Y así pregunto, señora,
Pues sabes ya que yo quiero
A Cárlos, y que su esposa
Soy, ¿cómo entró anoche aquí?

Dª. Ana.—Deja que no te responda
A esa pregunta tan presto.

Dª. Leo.—¿Por qué?