(Vánse doña Ana, doña Leonor y don Pedro.)
Cel.—Eso sí es mandar con modo,
Aunque esto de: Yo te mando,
Cuando los amos lo dicen,
No viene á hacer mucho al caso;
Pues están siempre tan hechos,
Que si acaso mandan algo,
Para dar luego se escusan,
Y dicen á los criados
Que lo que mandaron, no
Fué manda, sino mandato.
Pero vaya de tramoya:
Yo llego á la puerta y abro,
Supuesto que ya don Juan,
Que era mi mayor cuidado,
Con la llave que le dí
Estuvo tan avisado
Que, sin que yo lo calase,
Se salió paso entre paso
Por la puerta del jardin,
Y mi señora ha tragado
Que fué otra de las criadas
Quien le dió entrada en su cuarto.
Gracias á mi hipocresía
Y á unos juramentos falsos
Que sobre el caso me eché
Con tanto desembarazo,
Ella quedó tan segura,
Que ahora me ha encomendado
Lo que allá dirá el enredo;
Yo llego... Señor don Cárlos.
D. Cár.—¿Qué quieres, Celia? ¡Ay de mí!...
Celia.—A ver si habeis escuchado
La música vine.
D. Cár.—Sí,
Y te estimo el agasajo.
Mas, dime, Celia, ¿á qué vino
Aquella dama que ha estado
Con doña Ana y con don Pedro?
Cel. [Ap.]—Ya picó el pez: largo el trapo.
Aquella dama, señor...
Mas yo no puedo contarlo,
Si primero no me dais
La palabra de callarlo.
D. Cár.—Yo te la doy... ¿A qué vino?
Celia.—Temo, señor, que es pecado
Descubrir vidas ajenas.
Mas supuesto que tú has dado
En que lo quieres saber,
Y yo en que no he de contarlo,
Vaya; mas sin que lo sepas...
Y sabe que aquel milagro
De belleza es una dama
A quien adora mi amo,
Y anoche, yo no sé cómo
Ni cómo no, entró en su cuarto.
El la enamora y regala;
Con qué fin, yo no lo alcanzo,
Ni yo en conciencia pudiera
Afirmarte, que ello es malo,
Que puede ser que la quiera
Para ser fraile descalzo.
Y perdona, que no puedo
Decir lo que has preguntado,
Que estas cosas mejor es
Que las sepas de otros labios.
(Váse Celia.)
D. Cár.—Castaño, ¿no has oido aquesto?
Cierta es mi muerte y mi agravio.