Cast.—Pues si ella no nos lo ha dicho,
¿Cómo puedo yo afirmarlo?
D. Cár.—¡Cielos! ¿qué es esto que escucho?
¿Es ilusion, es encanto
Lo que ha pasado por mí?
¿Quién soy? ¿en dónde me hallo?
¿No soy yo quien de Leonor
La beldad idolatrando
La solicité tan fino,
La serví tan recatado,
Que en premio de mis finezas
Conseguí favores tantos?
Y por ùltimo, seguro
De alcanzar su blanca mano,
Y de ser solo el dichoso
Entre tantos desdichados,
¿No salió anoche conmigo,
Su casa y padre dejando,
Reduciendo á mí la dicha
Que solicitaban tantos?
¿No la llevó la justicia?
Pues ¿cómo ¡ay de mí! la hallo
Tan sosegada en la casa
De don Pedro de Arellano,
Que amante la solicita?
Y yo... Mas ¿cómo no abraso
Antes estos labios, que
Pronunciar yo mis agravios?
Mas ¡cielos! ¿Leonor no pudo
Venir por algun acaso
A esta casa, sin tener
Culpa de lo que ha pasado,
Pues prevenirlo no pudo?
Y que don Pedro, llevado
De la ocasion de tener
En su poder el milagro
De la perfeccion, pretenda,
Como mozo y alentado,
Lograr la ocasion felice
Que la fortuna le ha dado,
Sin que Leonor corresponda
A sus intentos osados?
Bien puede ser que así sea;
Mas ¿cumplo yo con lo honrado,
Consintiendo que á mi dama
La festeje mi contrario,
Y que con tanto lugar
Como tenerla á su lado
La enamore y solicite,
Y que haya de ser tan bajo
Yo, que lo mire y lo sepa
Y no intente remediarlo?
Eso no, ¡viven los cielos!
Sígueme, vamos, Castaño,
Y saquemos á Leonor
A pesar de todos cuantos
La quisieren defender.
Cast.—Señor ¿estás dado al diablo?
¿No ves que hay en esta casa
Una tropa de lacayos,
Que sin que nadie lo sepa
Nos darán un sepan cuantos,
Y andarán descomedidos
Por andar muy bien criados?
D. Cár.—Cobarde! ¿aqueso me dices?
Aunque vibre el cielo rayos,
Y aunque iras el cielo esgrima,
Y el abismo aborte espantos,
Me la tengo de llevar.
Cast.—Ahora ¡sus! si ha de ser, vamos;
Y luego de aquí á la horca,
Que será el segundo paso.
(Salen don Rodrigo y don Juan)
D. Rod.—Don Juan, pues vos sois su amigo,
Reducidle á la razon,
Pues por aquesta ocasion
Os quise traer conmigo;
Que pues vos sois el testigo
Del daño que me causó
Cuando á Leonor me llevó,
Podreis con desembarazo
Hablar en aqueste caso
Con mas llaneza que yo.
Ya de todo os he informado,
Y en un caso tan severo
Siempre lo trata el tercero
Mejor que no el agraviado;
Que al que es noble y nació honrado,
La afrenta, por mas que sienta,
Le impide, aunque ese es el medio,
La vergüenza del remedio,
El remedio de la afrenta.
D. Juan.-Señor don Rodrigo, yo,
Por la ley de caballero,
Os prometo reducir
A vuestro gusto á don Pedro,
A que él juzgó que está llano,
Porque tampoco no quiero
Vender por fineza mia
A lo que es mérito vuestro.
Y pues, porque no se niegue
No le avisamos, entremos
A la sala. Mas ¿qué miro?
¿Aquí don Cárlos de Olmedo
Con quien anoche reñí?
¡Ah ingrata doña Ana! ¡ah fiero
Basilisco!
(Sale Celia)
Celia.—¡Jesucristo!
Don Juan de Várgas y un viejo,
Señor, y te han visto ya.