Dª. Leo.—¡Ay Dios! aquí dejé á Celia,
Y ahora solo escucho espadas,
Y voy pisando tinieblas.
¿Qué será? ¡Válgame Dios!
Pero lo que fuere sea,
Pues á mí solo me importa
Ver si topo con la puerta.

(Topa á don Cárlos.)

D. Cár.—Esta es sin duda doña Ana.
Señora, venid á priesa
Y os sacaré de este riesgo.

Dª. Leo.—¿Qué esto? un hombre me lleva;
Mas como de aquí me saque,
Con cualquiera voy contenta,
Que si él me tiene por otra,
Cuando en la calle me vea
Podrá dejarme ir á mí
Y volver á socorrerla.

Dª. Ana.—No tengo cuidado yo
De que sepa la pendencia
Mi hermano, y mas cuando ha visto
Que es don Cárlos quien pelea,
Y diré que es por Leonor;
Solamente me atormenta
El que se arriesgue don Cárlos.
¡Oh quién toparlo pudiera
Para volverlo á esconder!

D. Ped.—¡Quien mi honor agravia, muera!

Cast.—¡Que haya yo perdido el tino
Y no tope con la puerta!
Mas aquí juzgo que está.
¡Jesus! ¿qué es esto? Alacena
En que me he dado de hocicos
Y quebrado dos docenas
De vidrios y de redomas,
Que envidiando mi belleza
Me han pegado redomazo.

Dª. Ana.—Ruido he sentido en la puerta,
Sin duda alguna se va
Don Juan porque no lo vean
Ni lo conozca mi hermano,
Y ya dos solos pelean.
¿Cuál de ellos será don Cárlos?

(Llega doña Ana á don Juan)

D. Cár.—La puerta sin duda es esta,
Vamos, señora, de aquí.