Dª. Leo.—(Ap.) ¡Albricias, cielos!
Que ya desprecia á doña Ana!

D. Ped.—Don Rodrigo ¿qué es aquesto?
¿Vos de parte de don Cárlos
No venisteis al concierto
De mi hermana?

D. Rod.—Claro está,
Y fué porque Cárlos mesmo
Me entregó á mí vuestra hermana
Que la llevaba, diciendo
Que la sacaba, porque
Corria su vida riesgo.
Señora, ¿no fué esto así?

Dª. Leo—Sí, señor, y yo confieso
Que soy esposa de Cárlos,
Como vos vengais en ello.

D. Cár.—Muy mal, señora doña Ana,
Habeis hecho en exponeros
A tan público desaire,
Como por fuerza he de haceros;
Pero pues vos me obligais
A que os hable poco atento,
Quien me busca exasperado,
Me quiere sufrir grosero,
Si mejor á vos que á alguno
Os consta que yo no puedo
Dejar de ser de Leonor.

D. Rod.—¿De Leonor? ¿qué? ¿cómo es esto?
¿Qué Leonor?

D. Cár.—De vuestra hija.

D. Rod.—¿De mi hija? Bien por cierto,
Cuando es de don Pedro esposa.

D. Cár.—Antes que logre el intento
Le quitaré yo la vida.

D. Ped.—Ya es mucho mi sufrimiento,
Pues en mi presencia os sufro
Que atrevido y desatento
A mi hermana desaireis,
Y pretendais á quien quiero.