(Empuñan las espadas, y sale doña Ana con don Juan de la mano, y por la otra puerta Celia y Castaño de dama.)

Dª. Ana.—A tus pies mi esposo y yo,
Hermano... pero ¿qué veo?
A don Juan es á quien traigo!
Que, en el rostro el ferreruelo,
No le habia conocido.

D. Ped.—Doña Ana, pues ¿cómo es esto?

Cel.—Señor, aquí está Leonor.

D. Ped.—¡Oh hermoso divino dueño!

Cast.—Allá vereis la belleza;
Mas yo no puedo de miedo
Moverme; pero mi amo
Está aquí, ya nada temo,
Porque él me defenderá.

D. Rod.—Yo dudo lo que estoy viendo.
Don Cárlos, pues ¿no es doña Ana
Esta dama que vos mesmo
Me entregasteis, y con quien
Os casais?

D. Cár.—Es manifiesto
Engaño, que yo á Leonor
Solamente es á quien quiero.

Dª. Ana.—Acabe este desengaño
Con mi pertinaz intento;
Y pues el ser de don Juan
Es ya preciso, yo esfuerzo
Cuanto puedo que le estimo,
Que en efecto es ya mi dueño.
Don Rodrigo, ¿qué decis?
¿Qué Cárlos? Que no lo entiendo,
Y solo sé que don Juan,
Desde Madrid, en mi pecho
Tuvo el dominio absoluto
De todos mis pensamientos.

D. Juan.—Don Pedro, yo á vuestros pies
Estoy.