Sabíamos que hácia los últimos años del siglo XVII habia florecido en la tierra de Anahuac un notable ingenio poético llamado de aquel nombre. Pero á esto solo se hallaban circunscritas nuestras noticias: conocíamos, pues, un nombre; esto es, no conocíamos nada. ¿Quién puede preciarse de saber el contenido de un libro porque aprendió su título de memoria?
Con todo, un nombre de mujer, y de mujer americana, fué motivo bastante poderoso para dispertar nuestras simpatías por ella, y hacernos desear el conocimiento de sus obras.
Por aquel tiempo leimos la excelente “Historia de la literatura española” por M. Ticknor, y encontramos mentado el nombre de la monja de Méjico precedido del epíteto de célebre. En una nota, al pié de la página, se la llama la Décima Musa y se citan sus poemas dados á la estampa en Zaragoza de 1682 á 1725, en tres tomos en 4º; mas al fin se han puesto estas líneas tomadas del “Semanario pintoresco” del año 1845: “Sor Juana Ines de la Cruz, mas notable como mujer que como poeta, nació en Guipúzcoa[A] en 1651, y murió en Méjico en 1695.”
Ser célebre y merecer el dictado de décima musa, son cosas incompatibles con el juicio fatal que encierran estas últimas palabras.
Un calificativo honroso en boca de M. Ticknor es tìtulo valioso: difícilmente el concienzudo literato anglo-americano pudo haber concedido celebridad á quien no la tenia. En lo de haber levantado á la monja al coro de las piérides, no teniamos confianza, porque era obra de sus contemporáneos y, sobre todo, de un tiempo en que la hipérbole fué condicion precisa del elogio, y este se habia abaratado por estremo en el mercado de las letras castellanas. Por otra parte, juzgábamos que los autores del “Semanario pintoresco” no se habrian atrevido á echar á volar su parecer acerca de una poetisa que les pertenecia, sino con pleno conocimiento de sus obras, y fiados en muy sano criterio.
Una mujer, una americana habia escrito versos á fines del siglo XVII. Esta rareza llamó acaso la atencion de M. Ticknor, mas que el mérito real de esos versos, y le hizo soltar en su “Historia de la literatura española” una palabra de tanta significacion. El que halló en la misma autora mayor mérito en la mujer que en el poeta, tuvo, pues, acaso mas razon. El sexo sirvió en cierta manera à las letras, no estas al sexo; la hechura, aunque asaz imperfecta, se hizo notable á causa de la deficiencia del instrumento en ella empleado. Ademas, las notas de la obra citada, ¿no son puestas por el mismo M. Ticknor?
A tales reflexiones nos condujo nuestra sindéresis. La simpatía vacilaba, pero era mas ardiente el deseo que abrigábamos de conocer las poesías de Sor Juana Ines. El velo de la ilusion no se habia rasgado del todo, aunque presentíamos que iba á desaparecer una estrella del cielo americano, y esto nos causaba enojo. La ruptura entre nuestro primer pensamiento sobre la autora y nuestro juicio posterior, entre el afecto que habia anidado en el corazon y el rayo de luz que aclaraba el entendimiento, nos parecia inevitable.
Por dicha nuestra, ántes que las obras de la religiosa mejicana, nos vino á las manos otro libro precioso por muchos respectos: “La mujer,” por don Severo Catalina. En una de sus páginas salpicadas de diamantes extraidos de las minas del corazon y de la inteligencia, encontramos unos versos. ¡Versos de la Sor Juana Ines de la Cruz, llenos de poesía y de verdad, inspirados por un profundo sentimiento de indignacion contra la injusticia del hombre, y de justicia en pro de la mujer!
Entre esos versos hay esta cuarteta:
“Pues ¿para qué os espantais
De la culpa que teneis?
Queredlas cual las haceis,
O hacedlas cual las buscais.”