“Estos versos, esclama el señor Catalina, pueden constituir un tratado importantísimo de filosofía y de moral.”
Cierto; y ellos constituyen, ademas, un valiente reto dirigido á quienes, concupiscentes, matan la virtud de las mujeres, y necios, se lamentan de no hallarlas con las prendas que han destruido con sus propias manos.
La belleza poética y la belleza moral de esos versos nos entusiasmaron, y Sor Juana Ines fué restituida al honroso pedestal de que la habiamos bajado á causa de la cavilacion en que nos pusieron las palabras del “Semanario pintoresco.”—Esa poesía, nos dijimos, no la produce sino un poeta; esa verdad no es hija de una alma vulgar: Sor Juana fué, sin duda, mujer de gran talento, y sus obras deben ser dignas de ella.
Este juicio, ya por demas favorable, vino á robustecerse con la honrosa memoria que de la Monja de Méjico hace el insigne historiador moderno, César Cantú, y con las biografías de la misma que consultamos posteriormente. Mas el criterio fundado en el dicho de otros autores, por muy acreditados que sean, es con frecuencia inseguro; ó por lo ménos es indudable que vale mas la luz obtenida por medio de las observaciones propias, aunque sea corta, que la que se recibe por la reflexion de agenas inteligencias. ¡Las obras! veamos las obras de la Monja! Y tanto mayor era el deseo de verlas, cuanto los escritores citados la atildan de gongorista, y queriamos que nos constase este pecado de una poetisa por quien ya ardiamos de entusiasmo.
¡Las obras! las obras de la Décima Musa! ¿Dónde dar con ellas en nuestra tierra en que es tan difícil hallar libros antiguos y en que casi no existen bibliotecas públicas? Sin embargo, las buscaremos; nuestras diligencias no serán infructuosas; leeremos esas obras con el interes que cumple à un americano, y sin duda hallaremos en ellas mucho bueno. Sí, es imposible que Sor Juana Ines no haya producido mucho bueno. El gran ingenio que se estraviò imitando á Góngora en lo malo, ha debido imitarle tambien en lo excelente, ó no es un gran ingenio, y no es la poetisa celebrada por Ticknor y Cantú.
Las perlas sacadas del fondo del mar no son para que yazgan perpetuamente sepultadas en el fondo de un cofre, y, sinembargo, tal es la suerte que á muchas cabe. Así sucede tambien con algunas producciones del talento, y quizás tan mal destino ha cubierto con sus sombras las de la monja mejicana. Celebradas con calor cuando aparecieron, brillaron en la corona de la Nueva España por cortos años. Cambiáronse los tiempos; al exceso de mal gusto del siglo culterano se siguió el rigor de la reaccion literaria, y la sociedad, avara é injusta, encerró esas joyas en el cofre del olvido, confundiéndolas sin discernimiento con las zarandajas y pepitorias ridículas que en verdad abundaron en España y América con lastimosa profusion. Busquémos, pues, los cantos de la arrebatada musa de Nueva España, busquémoslos como otros buscan el oro que la avaricia cubrió de tierra por sustraerle de las miradas de la necesidad.
III
Grande amor hemos profesado siempre á nuestra América, tan rica y tan hermosa, y á esta pasion ha correspondido nuestro entusiasmo por sus glorias. Cuando tratamos de ellas, Méjico, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, todas las naciones del mismo orígen y que viven de la misma vida intelectual y moral en el Nuevo Continente, constituyen para nosotros una sola patria. Los lazos de la lengua y literatura son poderosos por naturaleza; pero en América han adquirido mayor grado de robustez, especialmente desde su emancipacion política, porque desde entónces los americanos han formado un grupo aparte, diremos así, de ideas íntimas é intereses vitales muy diversos de los de la madre patria.
De este amor americano nacia principalmente nuestro anhelo de conocer las obras de Sor Juana Ines de la Cruz. Ya presentíamos, alumbrados por la muestra que habíamos visto, como acabamos de insinuarlo, que serian dignas de todo elogio, y honrosas para Méjico y toda la América española. Las producciones que brotan en este adorado suelo son frutos de una misma huerta, sazonados por un mismo sol y destinados al alimento y deleite de una sola familia.
Un dia tuvimos un verdadero gozo: dimos con el tesoro que buscábamos. Nuestro querido amigo el doctor don Ramon Miño, cuya muerte lamentamos todavía, nos lo proporcionó con su generosidad acostumbrada, franqueándonos su selecta y abundante librería.