EDIPO, el Coro

El Coro

¡Quién se hallase donde pronto unos y otros han de encontrarse, han de mezclarse y han de hacer resonar la voz de bronce del dios Ares! ¡Quién se hallase en los campos de Maratón o en las riberas de Eleusis, profusamente fulgurantes, donde las venerables diosas inician en augustos misterios a los mortales, sobre cuya lengua se posa la llave de oro de los Eumólpidas sus ministros! Allí, sin duda, el valiente Teseo y las dos muchachas a quienes el himeneo no ha sometido aún a su yugo han de hacer resonar por los campos sus penetrantes clamores.

Quizá sea hacia el occidente de la roca blanca, no lejos del burgo de Aca, donde los carros y los caballos encontrarán a los raptores. Se les despojará de su presa, su perseguidor Ares es terrible, y terrible, además, es el valor de los teseidas. Los frenos de los caballos brillan por doquier; los adoradores de Palas guerrera y del dios de los mares, el hijo querido de Rea, avanzan sobre corceles magníficamente engualdrapados.

Entablado el combate, si hemos de dar crédito a nuestros presentimientos, los raptores no tardarán en tener que entregar a la que ha sufrido tantos ultrajes, a la que un pariente ha tratado de un modo tan indigno. Diariamente Zeus castiga de modo semejante. Somos los profetas del éxito del combate: ¡quién pudiera, con las alas rápidas de la paloma, lanzándose al seno de las nubes, ver con sus propios ojos el combate que esperamos! Zeus, soberano del Olimpo, tú que lo ves todo, y tú, Palas, su augusta hija, coronad el valor de los que gobiernan esta tierra; haced que sus soldados no persigan sin fruto su presa. También os suplicamos, Apolo, amigo de la caza, y su hermana, de pies veloces, que os complacéis en la persecución de los ciervos ligeros, que vengáis ambos en socorro de esta tierra y de sus habitantes.


ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA

EDIPO, el Coro