Antígona

El que habíamos ya sospechado.

Polinicio

¿Qué debo hacer, hermanas mías? ¿Debo verter lágrimas sobre mis propias desgracias o sobre las de un padre que encuentro aquí con vosotras, cargado de años, errante por una tierra extraña, cubierto con esa indigna vestimenta, que, envejeciendo con él sobre su cuerpo marchito, no es sino un objeto de disgusto y de horror, mientras sus cabellos en desorden son juguete del viento, sobre su rostro privado de la luz? Y sin duda los alimentos con que mantiene su cuerpo infortunado están en armonía con cuanto veo. ¡Desgraciado de mí! He sabido demasiado tarde tan deplorable suerte. Soy, lo confieso, el más malo de los hombres, pero vengo a ofreceros los socorros que os faltan y que no debéis buscar en otra parte. Pensad que el respeto para los suplicantes está sentado sobre el mismo trono de Zeus; que lo esté también junto a vos, padre mío. Se pueden remediar las faltas, pero no se pueden anular... ¡Os calláis, padre mío! Dignaos hablarme. ¿Por qué me esquiváis? ¿Por qué no me respondéis? ¿Me dejaréis ir así, bajo el peso de vuestro desprecio, sin dirigirme ni una palabra, sin explicarme vuestros resentimientos? Hijas de Edipo, hermanas mías, intentad conmigo arrancar algunas palabras a esa boca muda y cruel, haced que no persevere en su silencio y que no me deje ir sin honor, a mí, que soy el suplicante de un dios.

Antígona (A Polinicio.)

Decid, infortunado, decid qué motivo os trae; pues con frecuencia un discurso extenso puede, excitando el interés, el resentimiento, la piedad misma, obligar a hablar a quienes se obstinan en callar.

Polinicio

Me explicaré, pues vuestros consejos merecen ser seguidos. Llamaré por de pronto en mi ayuda al dios que yo imploraba cuando el rey de esta comarca me ha hecho dejar su altar para venir aquí, dándome la seguridad de que podría hablar, escuchar y partir libremente. Ved lo que oso esperar de vosotros, extranjeros, y de vosotros, padre y hermanas mías. Lo que me trae aquí, padre mío, osaré decíroslo. Estoy desterrado de mi patria por haber querido, como primogénito, subir al trono de Tebas. En vez de reconocer tal derecho, Eteocles me ha echado de mi tierra natal, no triunfando de mí con sus razones, su valor o su fuerza, sino atrayendo a su partido a la ciudad entera. La furia que os venga fué, lo confieso, la principal causa, según luego he sabido por la boca misma de los adivinos; pues apenas llegué a los muros de Argos, de la tierra de los dorios, casando con la hija de Adrasto, he tenido por confederados a todos los varones principales de la comarca, cuyo valor los distinguía entre todos; y formando con ellos, contra Tebas, un ejército dividido en siete cuerpos, no tenía yo otro propósito que morir por tan justa causa o expulsar de mi patria a los autores de mi infortunio, y no obstante ¿por qué he venido? Para dirigiros, padre mío, las más humildes súplicas, en mi nombre y en el de mis aliados, que, a la cabeza de siete divisiones, de siete cuerpos, se han lanzado contra las murallas de Tebas. El primero es el valiente Anfiarao, que sobrepuja a todos sus rivales en el arte de combatir con la lanza y de interpretar el vuelo de las aves; el segundo es el etolio Tider, hijo de Eneo; el tercero es Eteocles, nacido en la ciudad de Argos; el cuarto es Hipomedón, a quien su padre Talao envió a dicha expedición; el quinto se envanece de destruir en seguida de arriba a abajo la ciudad de Tebas; su nombre es Capaneo; el sexto ha venido de Arcadia, se llama Partenopeo, y ha tomado ese nombre de su madre Atalante, rebelde durante mucho tiempo al yugo del himeneo; en fin, yo, que soy vuestro hijo, o que al menos debo el ser a un destino funesto, yo a quien llaman vuestro hijo, yo soy quien conduce el intrépido ejército de los argivos. Nos reunimos todos, padre mío, para pediros de rodillas, en nombre de vuestra propia vida, en nombre de vuestras dos hijas, que hagáis ceder vuestra inflexible cólera a los deseos que rebosan en mi corazón de castigar a un hermano que me ha expulsado, que me ha despojado de mi patria. Si en efecto se debe dar fe a los oráculos, aquel de ambos partidos que vos abracéis debe, según ellos, ser el vencedor. Me atrevo, pues, a suplicaros, por las fuentes sagradas, por los dioses de la patria, que calméis vuestros resentimientos y os rindáis a nuestros deseos. Soy, como vos, extranjero y despojado de todo. Vos y yo, sometidos al mismo destino, no tenemos otro asilo que el obtenido por nuestras súplicas; mientras mi hermano (¡infeliz de mí!) reina en su palacio y, entregado allí a la molicie, nos insulta a uno y otro con risas burlonas. Si os dignáis hacer vuestros mis sentimientos, no tardaría yo en confundirlo, sin grandes preparativos ni trabajos. Os llevaré de nuevo a vuestro palacio, os restableceré en él, lo mismo que a mí, luego de haberlo expulsado. Ved lo que me atrevo a prometer con seguridad si vuestra voluntad se une a la mía; pero, sin vos, no tendré siquiera fuerza suficiente para salvar mi vida.

El Coro

En atención a quien os envía ese suplicante, respondedle, Edipo, lo que os cuadre decirle, y despedidle luego de vuestra respuesta.