El Coro
Aquel que, descontento de ver su vida limitada a un corto número de días, desea vivir más, padece, en sentir nuestro, una funesta obcecación, ya que muy a menudo los días sólo se multiplican para acrecentar el dolor en nosotros. El hombre, aun obteniendo más de lo que desea, no es más feliz; aun junto a la tumba es insaciable, aun en la hora fatal en que no hay ya himeneo, ni cantos, ni danzas; aun en la hora, en fin, en que la muerte se presenta.
Hubiera sido mejor para el hombre no haber nacido nunca o no venir al mundo sino para volver cuanto antes a la nada de que ha salido. En efecto, desde que la juventud llega, trayendo consigo tantas frívolas ligerezas, ¿cuál es el hombre que puede escapar a los males que las siguen? ¡Cuántas penas se unen en ellas! Las muertes, las sediciones, las disputas, los combates y la envidia; la vejez viene a suplantarla, la vejez aborrecida, sin fuerza, sin sociedad, sin amigos, en la que los males se amontonan sobre los males.
Llegado a ese término, Edipo es desgraciado; no somos los únicos que nos quejamos. Lo mismo que una roca, en la costa del Norte, es durante la tempestad asediada por las olas que vienen a desplomarse sobre ella por doquier, los males horribles, encadenados uno a otro, vienen rodando sin tregua a herir al desgraciado Edipo; unas vienen de Poniente, otras de Levante; éstos de las regiones del Mediodía, aquellos de las nórdicas en que habita la noche.
ESCENA IV
EDIPO, ANTÍGONA, ISMENA, POLINICIO, el Coro
Antígona
He ahí, padre mío, he ahí, se me figura, al extranjero, que avanza solo y sin séquito, los ojos anegados en lágrimas.
Edipo
¿Quién es?