El Coro, CREÓN
El Coro
¡Dichosos aquellos, cuya vida pasa sin que experimenten infortunio! Pues tan pronto como la mano de los dioses se deja caer sobre una casa las malandanzas se suceden y vienen en tropel a abatirle, al modo de las olas marinas que, ennegrecidas por la tempestad y empujadas por los vientos impetuosos de la Tracia, se alzan del fondo de sus abismos, ruedan hacia la costa y mugen en las lejanas orillas donde van a estrellarse.
De tal manera en la casa expirante de los Labdácidas, vemos sobre antiguas desgracias acumularse desgracias nuevas. Una generación sucede a otra, sucediéndose sus males. Un dios la hiere sin darle tregua. Aún brillaba alguna claridad sobre la última raíz del trono de Edipo; y he aquí que la ceniza de los muertos, el extravío del espíritu y la furia que turba la razón han eclipsado dicha luz.
¡Qué hombre en su orgullo, oh Zeus, podría lisonjearse de poner coto a tu poder, a tu poder a quien el sueño, al que todo cede, y el infatigable correr del tiempo no sobrepujarán jamás! No accesible a las huellas de la vejez, habitas con tu omnipotencia en el seno de la claridad resplandeciente del Olimpo; el presente, el pasado, el porvenir están sometidos a tu voluntad. Suerte semejante no existe para el hombre. No hay mortal cuyos días estén enteramente libres de dolores.
La esperanza activa y ligera viene con frecuencia a consolar a los hombres; con frecuencia también los entretiene con vanos deseos que los engañan: en el seno de la ignorancia donde viven se desliza en sus corazones cuando ya sus pies van a tocar los carbones ardientes. Porque es una máxima conocida entre los sabios, que cuando un dios nos conduce a la desgracia, el mal toma a nuestros ojos los colores del bien. La vida tiene pocos momentos libres de dolor.
Pero ved a Hemón, el menor de vuestros hijos. Desesperado al ver su amor frustrado, viene sin duda a deplorar la suerte de Antígona, que debía ser su esposa.
Creón
Eso lo sabremos pronto, mejor que los mismos adivinos.