ESCENA V
CREÓN, ANTÍGONA, el Coro
Creón
(A los guardas que acompañan a Antígona.)
¿Qué esperáis? ¿No sabéis que esas quejas, esas lamentaciones que preceden a la muerte no acabarían nunca si pudieran servir para retardarla? Que se la lleven cuanto antes, que la encierren en una tumba, como yo he ordenado; que la dejen sola en esa morada solitaria; ora deba morir en ella, ora deba conservar la vida, no habitará al menos con nosotros y nuestras manos no serán mancilladas con su muerte.
Antígona
¡Oh tumba, oh lecho nupcial, oh morada subterránea que no dejaré nunca! En vuestro seno me reuniré a la multitud de los de mi sangre, a quienes Proserpina ha recibido entre los muertos. La última de todos y la más miserable, desciendo a los infiernos, con muerte más terrible que la suya, antes del término marcado por el destino; pero, al bajar a ellos, abrigo la esperanza de que mi presencia será cara a mi padre, así como a vuestros ojos ¡oh madre mía! y a los vuestros, hermano mío, también, ya que mi mano, después de vuestra muerte, no ha olvidado ni los cuidados, ni las abluciones ni las ofrendas que yo os debía. Ved, no obstante, mi caro Polinicio, el premio que recibo por los deberes con que he cumplido; pero, al menos, los corazones virtuosos me habrán aplaudido. En efecto, si yo hubiera sido madre y hubiera perdido un hijo, si hubiera tenido que llorar a un esposo, nunca contra la voluntad de la patria, hubiera puesto en práctica nada semejante. ¿Y qué razón me hubiera dispensado de ello? Que después de la muerte de un esposo, otro puede reemplazarle; que el nacimiento de un hijo puede indemnizarnos del que hemos perdido; pero cuando los autores de nuestros días yacen en la tumba, no nos es dado ya contar con el nacimiento de un hermano. Ahí tienes por qué sentimientos, caro Polinicio, te he preferido a todo, me he atrevido a todo y no he tenido miedo de pasar por rebelde a los ojos de Creón. Ven, pues, recíbeme en tus brazos, conduce a tu hermana, que, sin haber experimentado ni las dulzuras del himeneo, ni la ternura de un esposo, ni los placeres de la maternidad, sola y privada de amigos, desciende viva a la morada de los muertos. ¿Qué crimen he cometido contra los dioses? Pero ¡ay de mí! ¿de qué me sirve dirigir los ojos al cielo? ¿Qué socorro puedo implorar, cuando, en premio de mi piedad, soy tratada como impía? Si los que me han condenado son gratos a los dioses, me confieso criminal y les perdono mi suplicio. Pero si son ellos culpables, que no sufran más males que los que me hacen injustamente sufrir.
El Coro (A Creón.)
Antígona es aún presa de los mismos vientos furiosos que agitaban su alma.
Creón