Id, pues, y no encarguéis de ese cuidado a otro que vos mismo.

Creón

Corro. Esclavos, presentes o ausentes, volad, hacha en mano, hacia la caverna designada; yo hice echar allí a Antígona, yo quiero sacarla. Nuevos sentimientos me animan. Temo que haya peligro en cambiar las leyes establecidas. (Sale.)

El Coro

¡Oh tú, a quien se adora bajo diferentes nombres, tú, gloria y honor de la hija de Cadmo, hijo del trueno, tú, que te complaces en los campos de la fértil Italia; tú, que, en los brazos de Ceres, te dignas proteger la ciudad de Eleusis, abierta a todos los mortales, Dionisos; tú, que habitas la metrópoli de las bacantes, la ciudad de Tebas, edificada en las orillas del Ismeno, donde fueron sembrados los dientes de un dragón cruel; tú, que miras el espeso humo de los sacrificios que se eleva sobre la montaña de dos cimas, de donde se derraman las aguas de Castalia y que las ninfas de Coricia, las bacantes gustan de recorrer; tú, que de las montañas de Nisa, de la que la hiedra corona los lugares más escarpados y donde las pendientes suaves están cubiertas de verdes viñas, vienes a visitar los muros de Tebas al ruido de los himnos inmortales que se cantan en tu honor! Tú amas a esta ciudad entre todas las otras; y tu madre, víctima del rayo, no la amaba menos. Hoy que un peligro inminente amenaza a esta ciudad, ven, franquea en nuestro socorro las laderas del Parnaso o cruza el estrecho donde gimen las olas.

Tú, que presides el coro de los astros fulgurantes y la armonía de los himnos nocturnos, hijo de Zeus, ven a ofrecerte a nuestros ojos con las hijas de Naxos, las tíadas que marchan tras de ti y que, en su divino furor, danzan durante el curso de la noche en honor de su soberano.


ACTO QUINTO