¡Gran aliciente para el crimen!

La invocación “Jesús, María y José,” obrando como una fórmula mágica, salvó a aquél hombre, que no había contraído más mérito que el de halagar la vanidad de la “Trinidad de la Tierra.” Hay en la misma novena una CONSIDERACIÓN DE ESTE MARAVILLOSO FAVOR y es que, para conseguir la enmienda de nuestras vidas, a vista del favor con que amparaban Jesús, María y José a su devoto aunque tan rematado pecador, era necesario imitarle en su invocación tantas veces repetida en todos los días de maldad, “Jesús, María, José.” (Pág. 10). El hombre no tuvo otro mérito, ni tampoco se aconseja que tenga alguno; basta que diga la invocación mágica y que obre como le dé la gana, en la seguridad de librarse del castigo. ¡Qué gran aliciente para el crimen!

Otro caso notable

Otro caso notable de los efectos de la misma invocación es el de un fraile dominico llamado fray Juan Masias quien, durante más de doce años, estando en su celda a oscuras, en oración, se llegaban a él muchos demonios y le arrastraban y aporreaban tratándole muy mal de palabra y obra; pero que se veía libre de ellos diciendo: “Jesús Salvador, María y José sean conmigo.” Otras veces entraban los demonios con mucho tropel y ruido y cogiéndole por los pies le sacaban arrastrando por el dormitorio hasta el claustro; unos le daban golpes y bofetadas, otros le pisaban el vientre y la cabeza, otros le arañaban el rostro y tiraban a sacarle los ojos; pero invocando los nombres Jesús, María y José, se iban y lo dejaban.” (Pág. 14.) Lo más admirable es que el fraile hacía la invocación después de sufridos los atropellos mencionados, de manera que tenía la condescendencia de permitir a los demonios que durante algún tiempo se divirtieran a costa suya.

Diversión económica

Al mismo fraile, “otras veces yendo de oración a la iglesia, los demonios le cogían y sacaban de ella, y le arrojaban por el aire tan alto, que pasando por encima de los techos de la sala Capitular, la cual divide el primer claustro del segundo, venía a caer en este. Allí le esperaban otros demonios y recibiéndole, le volvían a arrojar en la misma forma, dando con él otra vez en el claustro principal sin sacarle ni una palabra de enojo, ni de sufrimiento, hasta que invocando los sagrados nombres Jesús, María y José, le dejaban.” (Pág. 15). ¿Quién, al leer esto, no envidia al fraile una diversión tan entretenida como sana y económica? ¿Y cómo no mostrarse agradecido a los demonios que le recibían en el otro patio, en lugar de dejarle que se estrellara contra el suelo? Después de referidos los prodigios mencionados con otros más, se leen en la novena las siguientes consideraciones: “¿Qué trabajo nos cuesta el habituarnos a repetir con nuestras invocaciones los dulcísimos nombres de Jesús, María y José?” (Pág. 27.)