Los Tehuelches que se conocen en Europa, con el nombre de Patagones, han sido llamados, por ignorar su idioma, Tehuelchus, porque chu significa patria ó morada, y no gente, lo que se expresa por la palabra che, y mas al sur por la palabra cuní. Estos y los Checheheches, se llaman por los españoles Serranos ó Montañeses: subdividense en varias ramas, como son los Leubuches, ó gente del rio, y Calilliches, ó gente de las montañas, entre los cuales estan los Chulilau-cunis, Lehuau-cunis, y Yacana-cunis; todos estos, excepto los del rio, se llaman por los Moluches, Vucha-guilliches.

Los Leubuches viven á las orillas del norte y sur del Rio Negro, ó como ellos le llaman, Casu-leubu. Al norte tienen un vasto país; pero no habiendo, por razon de la espesura, posibilidad de ser habitado, solo se encuentran bosques, lagunas y pantanos, llenos de cañas fuertes y espinosas, á las que llaman Sanquel, de forma que por allí está cerrada toda comunicacion. Pero marchando hácia el poniente por el pié de la Cordillera, ví hácia el este, que por la costa está abierta. Parece que esta gente está compuesta de Tehuelches, y Checheheches; pero hablan mas bien la lengua de estos últimos, con una pequeña mezcla de Tehuel. Extiéndese por el este hasta los Checheheches, y por el poniente se juntan con los Peguenches y Guilliches; confinan por el norte con los Diviheches, y por el sur con los otros Tehuelches. Caminando al rededor de la gran laguna Huechum-lauquen, llegan de Valdivia en seis dias de jornada desde Huichun. Parece que esta nacion es la cabeza de los Checheheches, y Tehuelches, y sus caciques Cancapol y su hijo Cangapol, como unos pequeños soberanos de los demas. Cuando declaran la guerra se juntan inmediatamente con los Chuchuheches, Tehuelches y Guilliches, y con los Peguenches, que viven mas al sur, poco mas abajo de Valdivia.

Por si mismos son pocos en número, teniendo gran dificultad en levantar 300 hombres capaces de tomar las armas, por causa de las viruelas, que redujeron el número de los Checheheches, y porque habiéndose juntado y pasado á las llanuras de Buenos Aires para atacar con una partida de Thaluheches cerca de la laguna de los Lobos al famoso D. Gregorio Mayu-Pilqui-ya, fueron vencidos por este, y obligados los que quedaron á retirarse al Vuulcan con los vestidos, que por desgracia, poco antes habian comprado en Buenos Aires inficionados de las viruelas. Disminuyéronse tambien mucho en las guerras con sus vecinos al norte los Picunches, Peguenches, y Taluheches, quienes aliándose, bajan algunas veces del lado de la Cordillera, y los sorprenden; en cuyo tiempo, no tienen otro recurso para librarse de los enemigos que atravesar el rio nadando, lo que los otros no pueden hacer; pero con la prisa y confusion de la fuga, dejan sus hijos detras, caen en las manos de los enemigos inhumanos, que los deguellan, sin perdonar aun los de cuna. Sin embargo, no son siempre estos ataques tan secretos que no tengan algunas veces noticias de ellos, y no escapen entonces muchos de la furia de esta bárbara nacion, cuyo cacique Cancapol hace vanidad de mostrar á sus huéspedes montones de huesos, calaveras, &a. La política de este cacique es de mantener la paz con los españoles para que su gente pueda cazar con seguridad en los campos de Buenos Aires, dentro las fronteras de Matanza, Conchas y Magdalena, y las montañas: no permitiendo que las otras tribus pasen de Lujan, para mantenerla tambien al sur; á cuyo fin se ponen sus caciques y confederados á cazar en los meses de Julio, Agosto y Setiembre, en los parages donde pueden observar los movimientos de sus enemigos, á quienes muchas veces atacan y destruyen, pero por esta razon jamas hicieron estos indios la guerra á los españoles (aunque son en extremo celosos de ellos), hasta el año de 1738 y 40, cuyos motivos fueron los siguientes.

Los españoles, con poco juicio y mucha ingratitud, echaron de su territorio á Mayu-Pili-ya, el único cacique Taluheche que los estimaba, obligándole á retirarse á tal distancia que no pudiese recibir socorro alguno, expuesto á sus enemigos, hechos tales, defendiendo los territorios de los españoles del resto de sus paisanos y Picunches. Despues de la muerte de este cacique, algunas partidas de los Taluheches y Picunches atacaron las caserias del rio Areco y Arrecife, guiados por Hencanantu y Carrulonco, adonde acudieron los españoles con su mariscal de campo D. Juan de San Martin para coger los ladrones. Pero como llegaron tarde, se dirigieron al sur para no volverse con las manos vacias. Allí encontraron las tiendas del viejo Caleliyan con una mitad de su gente, que no sabiendo lo que habia pasado, estaba durmiendo sin la menor sospecha de peligro, y entonces sin examinar si estos eran ó no los agresores, hicieron fuego sobre ellos matando, muchos con sus mugeres é hijos. Los demas dispertándose, y viendo el triste espectáculo de sus mugeres y niños muertos, se resolvieron á no sobrevivir á tal pérdida, y cogiendo las armas, vendieron sus vidas tan caro como pudieron; pero al fin fueron degollados con sus caciques.

El jóven Caleliyan estaba entonces ausente; pero teniendo noticia de lo que habia pasado, se volvió en ocasion que los españoles se iban retirando; y viendo á su padre, parientes y amigos degollados, resolvió vengarse prontamente, á cuyo fin llevando como unos 300 hombres, se hechó sobre la villa de Lujan, mató gran número de españoles, tomó algunos cautivos, y robó algunos millares de ganado. Sobre esto levantaron los españoles con toda brevedad, (aunque no bastante para coger un enemigo tan ligero) casi 600 hombres de su milicia y tropa reglada. No pudiendo alcanzarle se volvieron al rededor de las lagunas de sal, y bajaron al Casuhati donde estaba el cacique Cangapol con algunos indios, que prudentemente se habian retirado. Hallandose chasqueados aquí, fueron por la costa hácia el Vulcan, donde encontraron una tropa de Guilliches, quienes no siendo enemigos, salieron sin armas á recibirlos, no teniendo la menor sospecha de peligro alguno. Pero sin embargo de esto, y de haber intercedido á favor de estos pobres, un oficial de la tropa española, fueron cercados, y tallados en piezas por órden del Mariscal de Campo, quien concluida esta victoria, marchó con su gente al Salado, que está cerca de 40 leguas de la ciudad, y casi 20 de las quintas ó caserias de Buenos Aires, donde un cacique Tehuel, llamado Tolmichi-ya, pariente de Cangapol, amigo y aliado de los españoles, estaba acompañado bajo la proteccion del Gobernador Salcedo. Este cacique con la carta del Gobernador en la mano, y mostrando su licencia, fué muerto de un pistoletazo que le dió en la cabeza el Mariscal de Campo. Todos los indios tuvieron esta desgracia, quedando cautivas las mugeres y niños, con el hijo menor del cacique. Por fortuna el mayor habia salido dos dias antes á cazar caballos silvestres, con una partida de indios.

De tal manera exasperó esta cruel conducta del Maestre de Campo á todas las naciones de Puelches y Moluches, que tomaron al punto las armas contra los españoles, quienes se vieron de repente atacados desde las fronteras de Córdoba y Santa Fé, todo á lo largo del Rio de la Plata, frontera de 400 leguas; de modo que les era imposible defenderse, porque los indios se echaban en pequeñas partidas volantes sobre muchas villas y caserias á un mismo tiempo, y la luz de la luna impedia el descubrir su número; y así mientras los españoles los perseguian por una parte, dejaban los demas sin resguardo.

Cangapol, que con sus Tehuelches habia vivido hasta entonces en gran amistad con los españoles, se irritó sumamente al ver la maldad ejecutada con su hijo, la muerte de sus amigos los Guilliches, la de su amado pariente, y otros, y manera indigna con que trataron sus cadáveres; y aunque entonces tenia cerca de 60 años, salió al campo á la cabeza de mil hombres (otros dicen cuatro mil) compuestos de Tehuelches, Guilliches, y Peguenches: se echó sobre el distrito de la Magdalena, distante cerca de 4 leguas de Buenos Aires, y repartió sus tropas con tanto juicio, que limpió y despobló, en un dia y una noche, mas de 12 leguas del pais mas poblado y abundante. Mataron muchos españoles, é hicieron cautivas un gran número de mugeres y niños, y robando ademas, pasadas de veinte mil cabezas de ganado, fuera de caballos. En esta expedicion los indios solo perdieron un Tehuelche, el cual apartándose de los demas con esperanza de hacer presa, cayó en manos de los españoles. Cangapol hijo de Cacapol, fué perseguido y alcanzado; pero los españoles no se atrevieron á atacarle, aunque eran dos veces mas numerosos, porque ellos y sus caballos estaban de tal modo cansados, en una marcha de 40 leguas, sin tomar refresco alguno.

Los moradores de Buenos Aires, teniendo aviso anticipado de este ataque, por los fugitivos, se vieron en la mas terrible consternacion. Muchos oficiales militares corrian por las calles, con la cabeza desnuda, en un estado de distraccion, habiéndose llenado de gente las iglesias y casas religiosas, á donde se refugiaban, como si el enemigo estuviera á las puertas de la ciudad. Los españoles humillados con este golpe, quitaron la comision al Mariscal de Campo, y nombraron otro en su lugar, levantando un ejército de 700 hombres que marcharon al Casuhati, no para renovar la guerra, sino para pedir paz. Todo un año se pasó despues de la última victoria, sin hacer cosa alguna: en cuyo tiempo los indios, con un jóven cacique Cangapol á su cabeza, levantaron un ejército de cerca de 4000 hombres, compuesto de aquellas diversas naciones, con el cual pudiera hacer frente á todos los españoles; pero sin embargo de estas ventajas, dieron oidos á la propuesta del nuevo Mariscal de Campo, á quien tenian por su amigo. Este, temiendo las consecuencias de una nueva guerra, ofreció entre otras condiciones, entregar todos los indios cautivos, sin mas consideracion que el redimir los cautivos españoles. Un jesuita misionero, que fué al campo español con algunos Checheheches y Tehuelches convertidos, representó vivamente que aquella condicion era indigna é inadmisible, no evitando por este medio un próximo rompimiento. Propuso un cambio reciproco de prisioneros; pero fué tan grande el miedo de esta guerra, que no se hizo caso de su proposicion, aunque muchos indios no pedian condiciones mas ventajosas. Algunos caciques de los Tehuelches, que habian llevado consigo sus cautivos, inmediatamente los entregaron haciendo la paz, no entendiendo la proposicion del Mariscal de Campo en otro sentido, que el de la mutua entrega de sus prisioneros. Los Moluches fueron por fin á Buenos Aires, y redimieron sus indios, y los de los Tehuelches, sin entregar los cautivos españoles que tenian. Desde entonces los Tehuelches, tentados con las esperanzas de presas, han hecho cada año incursiones en el territorio de Buenos Aires, robando mucho ganado. No obstante este ha sido el mayor daño que han hecho hasta el año de 1767, en que habiendo sido insultados, renovaron la guerra y cautivaron mucha gente, de forma que de las escuadras españolas que los persiguieron, solo dos se escaparon: siguiéndolos luego y alcanzándolos largamente con un cuerpo mayor de tropas, su coronel Catani: pero les pareció mas conveniente no molestarlos, temiendo les sucediese lo que á sus compañeros.

Los Tehuelches, que habia desde el levante al poniente del rio de los Sauces, donde aun hoy dia habitan, confinan por el nord-este con los Checheheches, y por el este con un gran desierto, que empieza á cerca de 40 leguas de la boca del Rio Negro hácia el sur, y se extiende casi hasta el estrecho de Magallanes: por el poniente lindan con los Guilliches, que habitan las costas de Chiloé, y se extienden á 44 grados de latitud meridional. Todo su país es montuoso con valles profundos, pero sin rios considerables, por lo que los habitantes están obligados á surtirse del agua de las fuentes y riachuelos, que terminan en lagunas, donde bajan sus ganados. Cuando estas lagunas se secan (lo que sucede en el rigor del verano) van por agua al Rio Negro, ó á otra parte. Esta nacion no siembra ni planta, siendo su principal alimento los guanacos, liebres y avestruces, de que abunda esta tierra; y la carne de yeguas, cuando la pueden lograr.

La falta de este alimento hace que estén en perpetuo movimiento, de un país á otro para buscarlo, de manera que van en grande cuadrillas algunas veces al Casuhatí, otras á las montañas del Vuulcan, ó Tandil, y otras á las llanuras cerca de Buenos Aires, distante 300 ó 400 leguas de su país. Entre todas las naciones del mundo no se hallaria otra mas inquieta, ni mas inclinada á vagar que esta; porque ni una extrema vejez, ceguera, ú otro cualquier mal, es capaz de contenerlos; son fuertes, bien hechos, y no tan cetrinos como los otros indios. Algunas de sus mugeres son tan blancas como las españoles: son corteses, civiles y de buen natural; pero muy inconstantes en guardar sus palabras y contratos; son robustos y guerreros, y no temen la muerte. Su número es mucho mayor que el de las otras naciones, y casi igual al de todas las que habitan estas partes. Son enemigos de los Moluches, á quienes temen mucho, y á quienes, sin embargo de ser tan terribles á los españoles, ha tiempo habrian arruinado, si hubiesen estado tan bien provistos de caballos como ellos, sin que los Diviheches, ni los Tehuelches pudiesen resistir á sus fuerzas.