Dirigen enteramente su culto á esta mala potencia, exceptuando algunas ceremonias particulares que usan con respecto á sus difuntos. Para practicar su culto se juntan en la tienda del hechicero, el cual está escondido en un rincon de ella, donde tiene un pequeño tambor, una ó dos calabazas rodeadas de conchas, y algunas bolsas de piel pintadas, en que guarda los materiales de sus encantos: comienza la ceremonia haciendo un gran ruido con el tambor y calabazas; finge luego una epilepsia en que lucha con el diablo, que supone entra en él, teniendo los ojos levantados, las facciones torcidas, echando espuma por la boca, y sus coyunturas descompuestas; hasta que despues de varias y violentas mociones, queda recto y en disposicion de un hombre que se halla con epilepsia: despues de lo cual vuelve como que ha ganado la batalla contra el demonio, fingiendo dentro de su tabernáculo una voz desmayada, chillona y dolorida, como si fuera de un mal espíritu que se supone vencido; y finalmente, tomando una especie de asiento en tres pies, responde de allí á todas las cuestiones que se le proponen: que sea bien ó mal nada quiere decir, porque en caso de suceder lo último, se echa la culpa al demonio. En todas estas ocasiones se pagaba bien al hechicero.
Sin embargo, la profesion de estos hechiceros es muy peligrosa, porque sucede muchas veces que cuando muere algun gefe indio, matan algunos hechiceros, y especialmente si habian tenido disputa con el difunto, respecto que los indios echan por lo comun la culpa á estos hechiceros, y á sus demonios. En caso de haber pestes y epidemias, de que mueren muchos, tambien lo pagan los hechiceros. Por las viruelas que sucedieron á la muerte de Mayupilqui-ya y su gente, que casi destruyeron enteramente los Checheheches, Cangapol mandó matar todos los hechiceros, para ver si por este medio cesaba el mal.
Los hechiceros son de ambos sexos. Los hombres están obligados (por decirlo así) á dejar su sexo, y vestirse de muger, no siéndoles permitido casarse, aunque si á las hechiceras. Son elegidos para este oficio desde niños, dándose la preferencia á los que estan mas dispuestos desde su primera edad á condicion femenina. Vístense muy temprano en trage de mugeres, y se les dá un tambor y matraquillas, como pertenecientes á la profesion que han de seguir.
Los que padecen el mal de epilepsia, ó chorea sanabita, se eligen inmediatamente para este oficio, como si fuesen los demonios mismos, de quienes se suponen estan poseidos, causándoles las convulsiones, y contorciones comunes en los parasismos epilépticos.
El entierro de sus difuntos, y reverencias supersticiosas hechas en su memoria, tienen muchas ceremonias. Cuando un indio muere, una de las mugeres mas distinguidas, es nombrada inmediatamente para hacer el esqueleto del cuerpo, sacándole las entrañas, y quemándolas hasta que se hagan cenizas; descarnando los huesos, y enterrándolos luego, hasta que la carne esté del todo consumida, ó hasta moverlos, (lo que se debia hacer al año de su entierro, aunque algunas veces lo ejecutan á los dos meses), al lugar propio en que fueron enterrados sus antecesores.
Los Moluches, Talhueches y Diviheches, guardan fielmente esta costumbre. Pero los Checheheches, y Tehuelches ó Patagones, ponen los huesos en alto, sobre cañas entretejidas, hasta que se sequen, y se blanqueen con el sol y la lluvia.
Durante la ceremonia de hacer los esqueletos, se visten los indios de mantos largos de pieles, cubriendo las caras con ollin, y andando al rededor de la tienda, con unas adargas ó lanzas en las manos, cantando tristemente, ó hiriendo la tierra para espantar los valichos, ó demonios. Algunos van á visitar y consolar á la viuda, ó viudas y parientes del difunto, esto es, si hay algo que ganar, porque nada hacen sin interes. Durante esta visita de pésame, lloran, aullan y cantan de una manera muy dolorosa, forzando las lagrimas, y punzando los brazos y muslos con espinas agudas, hasta sacar sangre. Por esta muestra de dolor se les paga muy bien, con cuentas de vidrios, cascaveles de bronce, y otras niñerias que tienen grande estimacion entre ellos. Los caballos del difunto se matan inmediatamente, para ir á caballo á Alhuemapu, ó pais de los difuntos, reservándose solo unos pocos para adornar la pompa funeral, y transportar sus reliquias á sus propias sepulturas.
Las viudas estan obligadas al llanto, y al ayuno, por todo un año despues de la muerte de sus maridos, reduciéndose á estar encerradas en sus tiendas, sin comunicacion con persona alguna, á no salir de ellas sino para lo necesario de la vida, á no lavarse las manos ni la cara ennegrecidas con el ollin, y abstenerse de carnes de caballo y vaca: y tierra adentro, donde no hay abundancia de las de avestruz y guanacos, aunque pueden comer cualquiera otra cosa.
No pueden durante el año casarse mientras el luto, pues si en este tiempo ha tenido alguna viuda comunicacion con algun hombre, los parientes del difunto matan á ambos, si no resulta haber sido ella violentada. No he descubierto que los hombres estén obligados al mismo llanto en la muerte de sus mugeres.
Cuando transportan los huesos de sus parientes, los ponen en una piel, sobre los caballos mas favorecidos del difunto, que dejan vivos á este fin, adornándolos á la moda, con mantos, plumas, &a., y caminando de esta manera muchos dias, hasta que llegan á la sepultura propia, á donde hacen la última ceremonia.