De allí se fueron los atenienses navegando en torno del Peloponeso, al mando de Tólmides, hijo de Tolmeo, quemaron las atarazanas de los lacedemonios, y tomaron la villa de Calcis, que era de los corintios. Hecho esto saltaron en tierra, pelearon con los sicionios, que habían acudido contra ellos, y los vencieron.

Todas estas cosas las hicieron en Grecia los atenienses mientras tenían su armada en Egipto, donde tuvieron muchas y diversas aventuras de guerra. Primeramente el rey de Persia, cuando supo su llegada a Egipto, envió un capitán de nación persa, llamado Megabazo, a Lacedemonia con gran suma de dinero para persuadir a los lacedemonios a que entrasen con armas en tierra de Atenas a fin de apartar de Egipto a los atenienses. Megabazo gastó inútilmente parte del dinero, y viendo que no hacía nada, se fue con el resto a Egipto. El rey envió otro capitán nombrado Megabizo, hijo del persa Zópiro, a Egipto con numerosa armada, que al llegar libró gran batalla contra los egipcios rebelados y contra sus aliados, en la cual fueron vencidos los griegos que estaban dentro de la ciudad de Menfis, lanzados de ella y encerrados en la isla de Prosopitis, que está en la ribera del Nilo. Allí los tuvo cercados año y medio, y entretanto atajó y tomó el agua por una parte de la isla, de manera que las naves de los atenienses quedaron en seco, y la isla se juntó con tierra firme. Hecho esto Megabizo, a pie seco entró con su gente, y rompió y desbarató a los atenienses. De esta suerte, cuanto los atenienses habían hecho en tierra de Egipto por espacio de seis años lo perdieron de una vez y juntamente la mayor parte de su gente. El resto, que fueron bien pocos, se salvó por tierra de Libia, y vinieron a embarcarse a Cirene. La tierra de Egipto volvió a la obediencia del rey de Media, excepto aquella parte donde reinaba Amirteo, por ser toda lagunas y florestas, y también porque las gentes de esta región son muy belicosas. Inaro, rey de los libios, causante de esta rebelión, fue preso a traición y después ahorcado. Cincuenta galeras que los atenienses enviaban con socorro a los suyos a Egipto, arribaron a una boca del río Nilo llamada Mendes, y allí desembarcaron los hombres de guerra no sabiendo la derrota de su gente. Acometidos por la parte de tierra por la infantería de los fenicios que allí estaba, y de la del mar por los trirremes de los mismos, la mayor parte de los suyos fueron echados a fondo, y los otros se escaparon huyendo a fuerza de remos. Este fin tuvo aquella grande empresa y numerosa armada de los atenienses y de sus aliados y confederados en Egipto.

Después de estos sucesos, Orestes, hijo de Equecrátidas, lanzado de tierra de Tesalia por el rey de aquella provincia Fársalo, se acogió a los atenienses; y tanto les persuadió, que decidieron restituirle sus tierras. Con ayuda de los beocios y focenses, fueron a Tesalia, y tomaron lo que era tierra firme junto la mar, y lo tenían y poseían por fuerza de armas, sin poder pasar más adelante, porque se lo estorbaba la gente de a caballo del rey. Viendo que no podían ganar ninguna villa, ni plaza fuerte, ni llevar adelante su empresa, se volvieron sin otro resultado que el de traer al mismo Orestes consigo. Después mil atenienses, que estaban en el lugar nombrado las Fuentes de Pegas, entraron en las naves que allí tenían, y fueron a desembarcar en Sición, llevando por su capitán a Pericles, hijo de Jantipo; al saltar en tierra, desbarataron una banda de soldados sicionios que venía contra ellos. Y hecho esto, tomaron los aqueos en su compañía, y pasaron por Acarnania para atacar a la ciudad de Eníadas, la cual sitiaron; pero viendo que no la podían tomar se volvieron.

Tres años después atenienses y peloponesios ajustaron treguas por otros cinco años, durante cuyo tiempo, aunque no tuviesen guerra en Grecia, los atenienses reunieron una armada de doscientos navíos suyos, y de los compañeros y confederados, de la cual fue caudillo Cimón, y saltaron a tierra en la isla de Chipre. Estando allí, fueron llamados por Amirteo, rey de las florestas de Egipto, y le enviaron a Egipto setenta naves suyas; las demás quedaron en el cerco de la ciudad de Citio. Estando allí, murió Cimón, su caudillo, y viéndose en gran necesidad de vituallas, levantaron el cerco, y navegando hacia la ciudad de Salamina, que es de Chipre, combatieron por mar y tierra contra los fenicios y los de Chipre y Cilicia, y en ambas batallas alcanzaron la victoria. Volvieron después a su tierra, y lo mismo hicieron los otros navíos de su compañía, que habían ido a Egipto.

Pasado esto, los lacedemonios comenzaron la guerra llamada Sagrada, y habiendo tomado el templo que está en Delfos, lo dejaron a los de la villa. Mas al poco tiempo los atenienses fueron con numerosa armada, y lo tomaron de nuevo, dándolo en guarda a los focenses.

Poco después los desterrados por los atenienses ocuparon Orcómeno y Queronea y algunas otras villas de la Beocia; y sabiéndolo aquellos, enviaron contra ellos mil hombres de guerra de los suyos y algunos otros de los aliados que pudieron reunir de pronto, y por capitán a Tólmides, hijo de Tolmeo, recobrando Queronea, y poniendo en ella guarnición de sus soldados.

A la vuelta de allí se encontraron con los desterrados de Beocia, que se habían juntado con los otros desterrados de Eubea, con los locros y con algunos otros que seguían su partido: estos derrotaron y mataron a la mayor parte de los atenienses, cogiendo a los demás prisioneros. Por medio de estos prisioneros hicieron los atenienses sus conciertos con los beocios, y les restituyeron su libertad. Todos los desterrados y otros que se habían expatriado, volvieron, sabiendo que ya podían gozar de su primera libertad.

No tardó mucho en rebelarse la isla de Eubea contra los atenienses, y como Pericles, a quien estos enviaban con muchas fuerzas para restituirla a su obediencia, estando ya en el camino, tuviese nuevas de que los de Mégara se habían también rebelado y muerto la gente de la guarnición que allí tenían los atenienses, excepto algunos que se habían salvado en Nisea, y que además habían traído a su parcialidad a los corintios, a los sicionios y a los epidaurios; como también supiese que los peloponesios estaban preparándose para entrar con grandes fuerzas en tierra de Atenas, dejó el camino que llevaba para Eubea y volvió a Atenas. Antes de llegar, los peloponesios habían ya entrado en territorio de Atenas, y robado y talado todos los términos de la ciudad de Eleusis hasta el campo llamado Tría, llevando por su capitán a Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia. Hecho esto, y sin pasar más adelante, regresaron a sus casas.

Los atenienses volvieron a enviar a Pericles con su armada a Eubea, y sometió toda la isla por convenios, excepto la ciudad de Hestiea, que tomó por fuerza, expulsando a todos los moradores, y poblándola su gente. De regreso Pericles de esta conquista, o poco tiempo después, se ajustaron treguas y tratos por treinta años, entre los atenienses de una parte, y de la otra los lacedemonios y sus aliados, por medio de los cuales los atenienses devolvieron a los peloponesios el lugar de las Fuentes, Trecén y Acaya, que era lo que tenían ocupado del Peloponeso. Seis años después de estos conciertos, estalló cruel guerra entre los samios y los milesios por la ciudad de Priene; y viendo los milesios que ellos no eran poderosos contra sus enemigos, rogaron a los atenienses que les diesen ayuda, con consentimiento y consejo de algunos ciudadanos de Samos, que procuraban novedades en su ciudad.

Los atenienses fueron con cuarenta barcos contra la ciudad de Samos, la vencieron, restableciendo en ella el gobierno popular: tomaron cincuenta mancebos y cincuenta hombres en rehenes, que depositaron en la isla de Lemnos, pusieron su gobierno en Samos, y regresaron.