SUMARIO.
I. Los atenienses sitian la ciudad de Mitilene, que quería rebelarse contra ellos. — Los de Mitilene piden auxilio a los peloponesios. — Los atenienses son derrotados en Nérico. — II. Discurso de los mitilenios en la junta de los confederados de Grecia. — III. Grandes aprestos de guerra y hechos que aquel año realizaron ambas partes. — IV. Los atenienses sitiados en Platea, y algunos ciudadanos de esta población, se salvan por su arrojo e ingenio pasando por los muros, fosos y fuertes de los sitiadores peloponesios. — V. No socorridos a tiempo los mitilenios por los peloponesios, se entregan a merced de los atenienses, que los mandan matar. — VI. Discurso y proposición de Cleón en el Senado de Atenas para aconsejar el castigo contra los mitilenios. — VII. Discurso de Diódoto, de contrario parecer al de Cleón. — VIII. De cómo Mitilene estuvo en peligro de ser destruida completamente, y del castigo que recibió por su rebelión. — Los de Platea se entregan a merced de los lacedemonios. — Hechos de guerra habidos aquel año. — IX. Discurso y defensa de los de Platea ante los jueces de Lacedemonia. — X. Discurso de los tebanos contra los de Platea, y muerte de estos. — XI. Victoria naval que los peloponesios alcanzan contra los atenienses y corcirenses por las discordias que los últimos tenían entre sí. — XII. Parcialidades y bandos que aparecen en Corcira y en las demás ciudades griegas por causa de la guerra y de los daños que ocasionaba. — XIII. Los atenienses envían su armada a Sicilia. — Sucesos que les ocurrieron al fin de aquel verano, en el invierno y al empezar el verano siguiente, en Sicilia y Grecia. — Fundan los lacedemonios la ciudad de Heraclea. — XIV. Demóstenes, capitán de los atenienses, parte de Léucade con su armada para combatir a los etolios, y es vencido. — Varios hechos de la guerra de los atenienses en Sicilia. — XV. Euríloco, capitán de los peloponesios, no puede tomar la ciudad de Naupacto, y por consejo de los ambraciotes emprende la guerra contra los anfiloquios y los acarnanios. — Los atenienses purifican y dedican la isla de Delos. — XVI. Euríloco y los ambraciotes son derrotados por Demóstenes y los acarnanios y anfiloquios dos veces en tres días. — Deslealtad de los peloponesios con los ambraciotes.
I.
Los atenienses sitian la ciudad de Mitilene, que quería rebelarse contra ellos. — Los de Mitilene piden auxilio a los peloponesios. — Los atenienses son derrotados en Nérico.
Al principio del estío[61], cuando las mieses ya granadas están en sazón de ser segadas, los peloponesios entraron de nuevo en tierra de Ática llevando por su capitán a Arquidamo, rey de los lacedemonios, talándola y arrasándola. Había algunas escaramuzas, según costumbre, entre la caballería ateniense y los soldados de a pie de los enemigos, armados a la ligera, que recorrían la comarca, porque los de a caballo salían contra ellos para defender los lugares cercanos a la ciudad. Estuvieron los peloponesios en Ática mientras les duraron los víveres, y después volvieron a su ciudad.
Al invadir los peloponesios el Ática, los moradores de la isla de Lesbos, excepto los de Metimna, se rebelaron contra los atenienses, uniéndose a aquellos, cosa que habían querido hacer antes que la guerra empezara, pero los lacedemonios no aceptaron entonces su alianza. Esta vez se declararon más pronto de lo que tenían determinado, porque cuando lo hicieron estaban muy ocupados en fortificar los puertos y rehacer sus muros, y en hacer barcos. También esperaban ballesteros, vituallas y otras provisiones por las que habían enviado al Ponto.
Los tenedios, que eran enemigos de los metimneos, y algunos particulares de la ciudad de Mitilene, que por las parcialidades que había en la ciudad se habían hecho ciudadanos de Atenas, avisaron a los atenienses que los vecinos de Mitilene obligaban a todos los moradores de la isla de Lesbos a reunirse dentro de la ciudad con intento de rebelarse contra los atenienses, y que hacían todos los aprestos de guerra necesarios para este efecto, persuadidos por los lacedemonios y por los beocios sus progenitores; de suerte que si los atenienses no acudían pronto al remedio, perderían toda la isla de Lesbos.
Considerando los de Atenas que les sería muy difícil, después de tan gran epidemia como habían tenido, y estando los enemigos en su tierra, aparejar nueva armada y emprender otra guerra contra los de Lesbos, que tenían sus fuerzas intactas y gran número de naves, no quisieron al principio creer lo que decían, porque no deseaban que fuera verdad, y reprendían a los que comunicaban estas nuevas diciendo que no era nada y que hacían mal en culpar a los mitilenios. Mas después que los mensajeros que enviaron para saber la verdad les dijeron que los de Mitilene, a pesar de su exigencia, no habían querido hacer volver a los moradores de la isla que obligaron a ir a la ciudad, ni suspender los aprestos de guerra, temiendo que se rebelasen de veras, quisieron prevenirlos enviando hacia aquella parte cuarenta naves que tenían dispuestas para marchar al Peloponeso, mandadas por Cleípides, hijo de Dinias, y otros dos capitanes, porque les advirtieron que muy pronto sería la fiesta de Apolo, que se celebraba en Maloeis, fuera de la ciudad, a la cual todos los ciudadanos, o la mayor parte, venían todos los años, y que si se daban prisa a ir sobre ellos, podrían coger a todos de repente, y si no se conseguía, yendo sobre ellos con armada, les podrían mandar que diesen todas las naves que tenían, y derribasen sus murallas, y si lo rehusasen, con razón les declararían la guerra antes que se pudiesen fortificar ni proveer de las cosas necesarias para su defensa.
Por esta causa enviaron los atenienses aquellas cuarenta naves, retuvieron las diez galeras que los mitilenios les habían enviado en socorro por razón de la alianza que había entre ellos, y metieron en prisión a todos los hombres que venían en ellas. Había en Atenas un varón natural de Mitilene que, al saber este hecho, partió apresuradamente por mar, arribó en Eubea, y de allí fue por tierra hasta Geresto, donde halló un barco de mercaderes que iba a hacerse a la vela para ir a Mitilene. Embarcose en él, y con el viento que tuvo llegó en tres días al puerto de Mitilene, y en seguida avisó a los mitilenios de que iba contra ellos la armada de los atenienses.
Los mitilenios, al saberlo, no salieron el día de la fiesta a Maloeis, sino que a toda prisa repararon los muros de la ciudad y fortificaron su puerto lo mejor que pudieron.