Pocos días después aportó allí la armada de los atenienses, los cuales, viendo los aprestos de guerra que hacían los ciudadanos, les declararon el encargo que traían de mandarles que diesen sus naves y derribasen sus muros. Al ver que rehusaban cumplirlo, se preparan a acometerlos. Mas como los de la ciudad se vieren en aprieto, aunque al comienzo salieron un poco delante al puerto haciendo muestra de querer pelear, cuando vieron la armada de los atenienses derechamente contra ellos, se retiraron y determinaron parlamentar con los capitanes atenienses, diciéndoles que se avenían a entregarles todas sus naves con tal de que hiciesen con ellos algún buen concierto para en adelante. De buen grado lo otorgaron los atenienses, temiendo no contar con bastante armada para conquistar toda la isla de Lesbos: y con esto hicieron treguas por algunos días, enviando su embajada a los atenienses con algunos de sus ciudadanos, entre los cuales fue el que había descubierto a los atenienses que los mitilenios se les querían rebelar (aunque ya este había mudado de parecer), por ver si podían excusar aquel hecho y quitarles la mala sospecha que habían concebido los atenienses, para que mandasen volver la armada, que tenían sobre Mitilene sin hacer daño. Por otra parte, los mismos mitilenios enviaron otros mensajeros en un galeón a los lacedemonios, ocultándolo a los atenienses, que tenían sitiado el puerto con su armada, que estaba a la parte septentrional, hacia Malea. Hicieron esto los mitilenios porque no tenían esperanza de que los que enviaron a Atenas pudiesen conseguir su demanda de los atenienses. Los mensajeros enviados a Lacedemonia trabajaron tanto con los lacedemonios, que consiguieron enviasen socorro a los mitilenios. Entretanto llegaron los que habían enviado a Atenas, y al decir a los suyos que no pudieron alcanzar nada de los atenienses, toda la ciudad de Mitilene y todos los de la isla se pusieron en armas y se aprestaron para la guerra, excepto los de Metimna, que seguían el partido de los atenienses, y los imbrios y lemnios, y algunos otros de las islas cercanas, sus aliados y confederados.
Aunque los de la ciudad hicieron una entrada en el real de los atenienses, y llevaron lo mejor en la pelea, no osaron esperar en el campo ni salir más adelante, sino que continuaron encerrados en la ciudad, esperando algún socorro de los lacedemonios o de otra parte.
Poco tiempo después arribaron allí el lacedemonio Meleas y el tebano Hermeondas, los cuales no traían socorro, porque fueron enviados a los mitilenios antes que se rebelasen: no llegando antes que la armada de los atenienses, se metieron en un bergantín, después de la pelea que arriba contamos, arribaron a la ciudad, y les aconsejaron que enviasen sus embajadores con ellos, en otra galera, a los lacedemonios, lo cual hicieron.
Pasado esto, como los atenienses vieron que los mitilenios no osaban salir, cobraron ánimo, y llamaron a sus aliados y confederados para que les ayudasen, los cuales acudieron de buena gana, por la idea de que sin mucho trabajo podrían conquistar a los lesbios, que tenían pocas fuerzas. Cercaron a la ciudad por dos partes, fortificaron su campo con baluartes y pusieron sus guardas de naves a la entrada de los dos puertos, de manera que los de la ciudad no se podían salir por mar; pero por la parte de tierra lo mandaban todo, porque los atenienses no ocupaban sino muy poco trecho en torno de su campo, a causa de que en Malea hacían su mercado y tenían la estancia de sus navíos.
En tal estado estaban las cosas de los mitilenios.
En este mismo verano los atenienses enviaron treinta naves para guerrear alrededor del Peloponeso, mandadas por Asopio, hijo de Formión, a petición de los acarnanios, que demandaron para aquella empresa a alguno de los hijos o parientes de Formión. Al llegar Asopio con su armada al Peloponeso, robó y taló muchos lugares de la costa de Lacedemonia, y después se retiró a Naupacto con doce de sus naves, enviando las otras a su tierra. Hizo enseguida armarse a todos los acarnanios; con ellos fue a hacer la guerra a los eníades, remontando con sus barcos el río Aqueloo, mientras los acarnanios, por tierra, robaban y destruían todos los lugares. Mas viendo que no podía acabar su empresa por tierra, despidió el ejército de infantería, y él por mar, con sus doce naves, tomó derrota hacia Léucade, saltando a tierra en el puerto de Nérico, en donde al querer volver a sus barcos, fue muerto él y una parte de los suyos por los del pueblo de Nérico con la ayuda de algunos soldados extranjeros que tenían, aunque pocos. Los que quedaron vivos de los atenienses, cuando rescataron sus muertos de los néricos para darles sepultura, volvieron a su tierra.
Entretanto, a los embajadores que los mitilenios enviaron en la galera a los lacedemonios, ordenaron estos que acudieran a la junta de todos los griegos que pronto se verificaría en Olimpia, para que siendo allí oídos en presencia de todos los confederados y aliados, se determinase por común parecer lo que debía de hacerse en tal caso. Halláronse, pues, en las fiestas de Olimpia cuando Dorieo el rodio ganó el premio y la honra de ellas, y acabadas las fiestas y los juegos, estando reunidos todos los aliados y confederados para consultar sobre los negocios en común, fueron llamados los embajadores de los mitilenios, que, entrando en el Senado, pronunciaron este discurso.
II.
Discurso de los mitilenios en la junta de los confederados de Grecia.
«Varones lacedemonios, y vosotros, aliados y confederados: Bien sabemos que es costumbre, admitida entre los griegos como justa y legítima, que los que en tiempo de guerra se rebelan contra los aliados y se pasan a los contrarios, los que los reciben les tratan bien tanto tiempo cuanto piensan que los rebelados les pueden ser útiles y provechosos; pero considerando después la traición que han hecho a sus primeros amigos, los tienen por ruines, y creen que serán peores en adelante. Sería esto razonable si las cosas fuesen iguales de parte de los que se rebelan como de aquellos de quien se apartan. Porque si son iguales en las fuerzas y aprestos de guerra, como lo son en consejo y amistad, no hay ocasión ninguna justa en que se deban rebelar y apartar unos de otros. Pero esto no sucede entre nosotros y los atenienses, según os mostraremos para no pareceros malos si nos apartamos en tiempo de guerra de aquellos que nos honraron en el de paz.